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Los agujeros de la memoria urbana

Andrés Di Masso y María del Carmen Peñaranda 30 abril, 2013

Un objeto atípico en una plaza atípica. Es la fuente escultórica del Forat de la Vergonya, nombre oficioso con el que un sector del vecindario de Santa Caterina, en el Casc Antic de Barcelona, bautizó un parque auto-construido durante un conflictivo pulso con la administración municipal entre 1999 y 2007. De aquel parque autogestionado, finalmente desalojado y sustituido por una plaza urbanizada según los cánones del diseño oficial, tan sólo queda en formato tangible esta fuente escultórica, sedimento de un conflicto social reciente cuya memoria domesticada se reivindica en los disciplinados Jardins del Pou de la Figuera. Para comprender este lugar hace falta recordar.

La fuente escultórica del Forat de la Vergonya es un habitante desplazado de un territorio que ya no es. Como la persona que huyó de un país que tiempo después dejó materialmente de existir, la fuente se llevó consigo parte del lugar que ocupaba y parte del tiempo en el que habitaba ese lugar. La fuente del Forat anuncia algo que la geografía cultural le ha rebatido al saber popular, a saber, que la memoria sí que ocupa lugar. Hay recuerdos que tienen un territorio y una geografía. La memoria se despliega y se repliega, se actualiza y se deforma entre los contornos palpables de casas, esquinas, paisajes, calles, plazas, cosas y cuerpos. La versión más aburrida de la ‘psicología’ ha insistido en localizar la memoria en alguna región más o menos metafórica de la ‘mente’, pero también existe una topología de la memoria que aloja y acoge los recuerdos inscritos en lugares y paisajes concretos, en espacios materiales que se pueden ver, tocar, oler y pisar.

 

Fuente escultórica original del 'Forat de la Vergonya' situada en los nuevos 'Jardins del Pou de la Figuera', año 2008

Fuente escultórica original del ‘Forat de la Vergonya’ situada en los nuevos ‘Jardins del Pou de la Figuera’, año 2008

El espacio público es uno de estos lugares saturados de memoria, lugares en los que el tiempo, las experiencias biográficas y sociales y los arrebatos financieros se obcecan en permanecer a través de formas, objetos, olores y colores. Por eso también es posible fomentar el olvido y regular la memoria interviniendo sobre el espacio urbano. Los Jardins del Pou de la Figuera son un ejemplo de ello. La ocupación y construcción espontáneas del Forat de la Vergonya, un experimento urbano de disidencia política creativa, fueron reprimidas con los instrumentos de la transformación espacial, estrategia de cabecera de la política local. El Forat torpedeó la línea de flotación de la gestión municipal del espacio público, basada en la explotación y capitalización de las rentas monopolistas del suelo urbano desde intereses privados maquillados con las tecnologías cosméticas de la empresa pública. Los Jardins recondujeron esa gestión a su cauce normativo, haciendo desaparecer físicamente el parque y atrofiando buena parte de su memoria contestataria, aquélla que la fuente nos invita a echar de menos como un hito de un lugar que ya no está. Agujero en la memoria urbana oficial, la fuente escultórica nos recuerda que no hay que olvidar. Cabe recordar, porque hay todavía lugar.

La vida se enreda en el espacio y desde allí, el lugar -el espacio subjetivado, con perdón de los flâneurs– comienza a gobernar parte de nuestras biografías. Hay lugares que nos permiten saber quiénes somos, lugares que detonan emociones freáticas, lugares que conocemos sin haber estado en ellos y lugares a los que sabemos que no pertenecemos. Cada transformación o cada desplazamiento del lugar que somos suele así conmocionarnos. El espacio que se va o del que nos vamos se lleva parte del lugar, y en este desalojo se disloca una parte de nosotros. Desde ese momento en el que somos expropiados de parte de lo que somos en el lugar del espacio que falta, no hay más alternativa que recordar: fantasear el lugar desde la parte del mismo que se vino a instalar en la memoria y, en ese movimiento, advertir que durante unos instantes devenimos de nuevo lo que fuimos en ese lugar que está en uno, pero en el que uno ya no está. Y es que la ausencia también tiene un lugar.

 

El Forat de la Vergonya en la actualidad

Parc Autogestionat del Forat de la Vergonya, año 2005

Si las personas estamos hechas un poco de espacio, las relaciones también. Una actividad social recurrente consiste en recordar conjuntamente episodios del pasado. A veces en esos recuerdos se cuelan los lugares. Si quienes protagonizan la acción de recordar pertenecen a ese lugar que les convoca en la memoria, suele suceder que las identidades se confirman y se restauran en el transcurso del gesto mnémico, como si fuéramos nosotros un poco más que antes y de aquella manera que el lugar nos ha permitido reeditar. La memoria se construye y reconstruye a través de conversaciones y discusiones como versiones presentes de un pasado que ya no está. Cuando se trata de lugares, intervenimos sobre el espacio con la memoria y el lugar adopta entonces formas diferentes. Un axioma derivado de esta circunstancia es que la memoria de los lugares, en ocasiones se convierte en fuente de enconadas discusiones, en una forma de acción social e ideológica que llega a situarse hasta en el núcleo genealógico de las guerras (si hay algún/a palestino/a o algún/a (¿ex?)yugoslavo/a leyendo esto, nos entenderá con suma precisión). La memoria es un lugar social y políticamente contestado. La construcción social del lugar a través de la memoria no se produce en el vacío, sino que adquiere una significación particular y tiene implicaciones específicas en los marcos relacionales y coyunturas políticas en las que se inscribe la memoria como acción social en el presente. Basta con entrar al Museo de la Memoria en la ciudad argentina de Rosario, por poner un ejemplo, para comprender dos ideas fundamentales de cualquier psicología política de la memoria: uno, que recordar no es una acción neutral; y dos, que recordar el pasado hace cosas y provoca efectos en el presente.

Recordemos entonces el Forat. La fuente nos invita a trazar una geopolítica de la memoria urbana que desmarca al menos parte de ese lugar del espacio actual de los Jardins. La fuente recordada hace sonar una sinfonía política de afectos que, perteneciendo a un marco ya pretérito de la experiencia urbana, reaviva en el presente su carácter profundamente contestatario. Y en la Barcelona actual, farsante y de fachada, este tipo de acción política de la memoria es más pertinente que nunca. Como ocurriera en una experiencia conmemorativa en una plaza de algún lugar de mundo, donde  ancianos/as relataban altavoz en mano vivencias de un pasado de represión militar en ese preciso espacio, y la gente estaba allí pero de pronto no estaba allí sino en el lugar del pasado, la fuente del Forat permite hacer un viaje al lugar del pasado para volver a un lugar diferente del presente.

In situ, la interacción de ese lugar en la memoria con el espacio en el presente fabrica una huella difícil de interpretar, una huella que tanto dignifica la vida barrial como se expone al riesgo cotidiano de sorprender a un público flotante que ignora su origen, las vicisitudes de su cautiverio y una radical lucha política de emancipación urbana que hoy, por suerte, no cesa en buscar más lugares donde arraigar.
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Enlaces de interés
Sobre el Forat de la Vergonya
http://deuanyssensevergonyes.org/
Andrés Di Masso
http://ub.academia.edu/AndrésDiMasso
María del Carmen Peñaranda
http://uab.academia.edu/MariadelCarmenPeñarandaColera

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About The Author

Andrés Di Masso y María del Carmen Peñaranda

Andrés Di Masso es profesor de psicología social y psicología política en la Universidad de Barcelona. Dedica su investigación al análisis ideológico de los procesos de subjetivación que configuran y regulan las relaciones "psicológicas", sociales y territoriales con/en el espacio, con especial atención al espacio público. María del Carmen Peñaranda es profesora de psicología social en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sus intereses de investigación versan sobre el papel de las tecnologías de la información y la comunicación en la constitución y redefinición de las formas de relación y vinculación social en las sociedades contemporáneas, específicamente en aquellas en las que participan población migrante y/o en tránsito.

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