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Esquinas, avenidas y la ciudad global. Metafóricas del pensamiento urbano.

Baltasar Fernández Ramírez 3 septiembre, 2013

Cuando caminamos por la calle, nuestra experiencia del ambiente es una sucesión de rincones, ventanas, voces, aceras y lugares en los que resuenan los pasos aparejados de las personas. En las ciudades pequeñas o en los barrios alejados del bullicio céntrico, este tránsito lento entre espacios nos mantiene dentro de una escala humana, la que se extiende no más que hasta donde llega lo comprensible, lo nítido de los olores, las voces o la visión clara de los objetos, lugares donde las personas y las cosas resultan asombrosamente coordinadas, lugares cerrados en el límite simbólico de las esquinas, allí donde comienza y finaliza cada espacio con sentido. Lo comprensible es la escala de los lugares donde suceden las cosas, donde la conversación, los movimientos, las ropas peculiares, los escaparates, todo lo que está a nuestro alcance se combina para otorgar significado a los rincones del paseo. Todo sucede de tal forma que uno tiene tiempo para pensar en cada cosa, para interpretar cada movimiento alrededor: saluda una persona, una fachada descolorida, alguien aparece en la ventana, pasa un coche, cruza un perro, saluda una persona. Todo sucede con pausa, nada reclama nuestra atención, que puede ir posándose aquí y allá al ritmo de los pasos, que siempre son lentos, por más que uno quiera acelerarlos.

Esta es una visión idílica, por supuesto, y completamente ajena a la compleja realidad de las ciudades modernas, máxime a las visiones delirantes de la ciudad-global. Es heredera de una visión anti-urbana que ha dominado buena parte del pensamiento social del siglo XX, y que hunde sus raíces en los orígenes mismos de la ciudad industrial, en la añoranza de las comunidades tradicionales, convertidas en mito del paraíso perdido. Frente al bullir incontrolable del tráfico y de la miríada de personas que se cruzan y se ignoran en el gran paseo o en los pasillos del metro, frente al silencio precavido del urbanita que se desentiende, soñamos la edad dorada de las relaciones cara a cara, del saludo continuo a los conocidos que sólo puede reproducirse en los barrios, convertidos en el depósito de la socialidad, herederos del sentido de la comunidad perdida.

Quizá había transcurrido podo tiempo desde el inicio de la urbanización masiva, y los sociólogos europeos, y después los de Chicago, aún guardaban el recuerdo vívido de lo que había sido antes. Quizá convirtieron sin más su infancia de barrio en el modelo de lo deseable, añoranza generacional del hacerse viejo en un mundo que de repente resultaba incomprensible. La comunidad se convirtió en la metáfora clave, no para entender la ciudad, sino para hablar sobre ella, para enfrentarse con ella. Los pensadores urbanos reprodujeron así una etnografía idealizada de la relación social, asombrados de que todo aquello pareciera perdido para siempre, preguntándose cómo podría ser recuperado para recrear una ciudad vivible, a todas luces extemporánea, fuera de momento. Crecieron en ciudades que se les escapaban de las manos y de la comprensión, y creyeron comprenderlas desde una negación radical: construir ciudades que no fueran como las ciudades donde ellos mismos vivían.

Imaginemos ahora que por fin alcanzamos el límite de nuestro idílico paseo matutino por un pequeño barrio cargado de familiaridad, donde no cabe la sorpresa. Topamos con la amplitud de la avenida, de la calle que viene de alguna parte y lleva hasta muchas otras, y cuyo paso por nuestro pequeño barrio no es sino una porción reducida e insignificante de su extensión desmedida. Ya no es posible captar de un vistazo el sentido de un espacio del que no puede adivinarse el principio ni el final. El habitante de la avenida circula en automóvil, pasa ante nosotros sin detenerse, así que no podemos saludarle, cruzar nuestras miradas, prejuzgarle a partir de sus ropas o de sus maneras. Llega y marcha con velocidad, cruza ante nosotros, convertidos de repente en un pequeño elemento también insignificante del paisaje urbano.

Subamos a nuestro coche y entremos en el espacio veloz del tráfico. Podemos cruzar ahora todos los barrios de la ciudad, penetrar fugazmente en cada uno de ellos como quien recorre los pasillos de un museo sin detenerse apenas, hasta llegar al paradigma de la circunvalación, en donde la gran ciudad por fin resulta comprensible como totalidad, reducida a un mapa de trazos claros y contenidos borrosos. Los lugares que nunca visitaremos, las personas que nunca conoceremos, se diluyen en el imaginario de la red viaria, el trazado, el universo del automóvil. Están ahí, pero no importan para nuestra visión global de la ciudad, cargada de la suficiencia geométrica de las avenidas, las rotondas, el esplendor de los monumentos y las grandes masas de edificios que bordeamos, ya simplificadas apenas en un juego mitológico de nombres, de referencias históricas y personajes que casi nadie recuerda.

Esta es también una visión idílica, por supuesto, la que da sentido al urbanita convertido en automovilista. También responde a un imaginario antiguo, que se pierde en la historia de la planificación urbana, preocupada con la visión global del trazado, con el problema de la gobernación y la regulación de los espacios y los flujos. Es el espacio del urbanista, del planificador, del militar, el espacio del gobierno de la cosa pública, el espacio de la racionalidad técnica y del control político. Derruir los barrios tradicionales para abrir amplias vías de comunicación internas (los bulevares), proyectar grandes líneas de fuga que ayuden a parcelar el espacio anónimamente, o que canalicen la expansión de la ciudad hasta ocupar los campos próximos.

El pensamiento urbano se mueve pues entre dos metáforas de amplias resonancias históricas y de ricas implicaciones prácticas y psicológicas. Yo las denomino esquinas y avenidas. Las esquinas nos llevan a miradas intimistas, al paseo, a la deriva, a la socialidad próxima en vecindad con los lugares y sus habitantes; las avenidas nos llevan a miradas abiertas, expansivas, rozando la megalomanía, el delirio de grandeza de la red metropolitana. La metáfora de las esquinas es centrípeta, tiene como límite natural el punto, desprecia la extensión en favor de la intensidad. La metáfora de las avenidas es centrífuga, tiene como límite natural el horizonte, desprecia el detalle en favor de la perspectiva. Que la primera remita a una dimensión humana y la segunda, a una dimensión racional, son sólo efectos narrativos, elementos necesarios para aportar coherencia al relato que se escribe con cada una de ellas. Vivimos en las metáforas, o mejor dicho, desde ellas; por eso nos parecen realidades indiscutibles, pero sólo son cuentos para convencer a los lectores de nuestras verdades a medias sobre lo urbano, que siempre es más complejo y siempre va más allá. La mayor virtud de la metáfora no es la ilusión de comprensión que nos genera, sino su capacidad para ser proyectada hacia el futuro, para proporcionarnos imágenes y argumentos con los que pensar hacia dónde debemos movernos, mientras estamos atrapados en medio de ambas, en la tensión de la perspectiva, que está compuesta por pequeños detalles, cuya suma configura un punto de fuga. Las metáforas no son descriptivas, sino prescriptivas, no dicen cómo somos, sino en qué podemos convertirnos.

Esquinas y avenidas son dos metáforas antiguas, como digo. Los teóricos las invocan para llenar sus discursos y defender los valores que proclaman. Y, dado que se han cristalizado en nuestros imaginarios hasta dominar la lógica del sociólogo y del planificador, también son dos metáforas muertas. Nuestro tiempo postmoderno está presenciando el nacimiento exitoso de una nueva metafórica, donde se mezclan retazos de ambas, en un pastiche conceptual a la moda del momento. El nuevo imaginario es mundialista, sueña con una megaciudad que se extiende por el planeta hasta reunir a todas las ciudades, redefinidas como macrobarrios de ciudad-mundo, en un único espacio dominado por los flujos acelerados de las comunicaciones, de la instantaneidad de la fibra óptica, del satélite, con ciudades que abandonan sus historias particulares para homogenerizarse en la copia de ciertos modelos de urbanización que diluyen las diferencias culturales tradicionales: la tematización, la deslocalización, la macdonalización, el imperio de los centros comerciales, la interconexión de las bolsas de valores.

Mientras los teóricos y los planificadores se debaten en la tensión narrativa de este triplete metafórico, la vida sigue. Pero vivir es proyectarse, anticipar el futuro en que queremos vivir. Y nuestro futuro ya está escrito proféticamente en los cómics, en las novelas distópicas y en las películas de ciencia-ficción, en el delirio posthumanista de la muerte del sujeto y de la historia, de los organismos ciborg, de la contaminación dromosférica, muerte otra vez de la geografía y del tiempo, diluida en la nueva metáfora de la aceleración, la velocidad límite, la instantaneidad. Nuestra generación ha vivido demasiado tiempo en ciudades de grandes dimensiones. Nuestro paraíso perdido comienza a ser una gran capital, aún comprensible en una dimensión humana gracias a las avenidas, los callejeros, los planos del metro y las circunvalaciones, pero nos aguarda un futuro lleno de sorpresas en el que me gustaría seguir viviendo muchos años. También este es un modo de recuperar mi juventud futurista y esquivar la incómoda impresión de que envejezco en una pequeña ciudad del siglo XXI.

esquinas, avenidas y ciudad global

Moscow by Carson Ellis, from arquicomics.tumblr.com

Dibujo by Guy Delisle, from siguealconejoblanco.com

Nuevo Centro Cívico en Bogotá © OMA, from archdaily.com

Drawings for Manhattan, City States #5, from drawingsformanhattan.tumblr.com

Imagen de cabecera: Drawings for Manhattan, City States #8, from drawingsformanhattan.tumblr.com

 

Nota del autor. Esquinas y avenidas son sinécdoques, donde se toma la parte sobre el todo. La ciudad-global es una hipérbole, una exageración retórica. No obstante, todas ellas se constituyen en referencias simbólicas y abren campos semánticos de conceptos y valores relacionados, que pueden ser aplicados para la creación de nuevos discursos. En este sentido, se constituyen en sendas metafóricas de lo urbano.

Lectura. Las tres metáforas tienen que ver con tres momentos históricos y tres Escuelas en la historia del pensamiento social urbano. He realizado sendos análisis de las mismas y de sus elementos fundamentales en los siguientes textos:

Baltasar Fernández-Ramírez (2010). El medio urbano. En Juan Ignacio Aragonés y María Amérigo (Eds.), Psicología Ambiental, 3ª edición, ampliada y corregida (pp. 241-259). Madrid: Pirámide.

Baltasar Fernández-Ramírez (2010). El contexto psicológico de la ciudad contemporánea. Psyecology, 1(2), 147-154.

Baltasar Fernández-Ramírez (2010). El paso cambiado. Aceleración, urbanismo y postmodernidad.

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About The Author

Baltasar Fernández Ramírez

Postmodernidad, sociolingüística, delirio, liberalismo radical, crítica. Todos los campos del saber vuelven a unificarse bajo el marco de la postmodernidad, que sólo entiende las disciplinas en minúscula, como relatos menores reunidos en el espacio postestructuralista de la narratividad. Ciborg, posthumanismo, transgénero, pensamiento distópico, fin de la ciencia modernista, fin del relato del progreso, racionalismo relativista. Puntos ancla y metáforas para un pensamiento rupturista que mira al pasado con ojos de futuro.

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