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Tanto hambre, tanta comida en la basura, 1ª parte

José Luis Yustos 1 diciembre, 2015

¿Sobran personas en el planeta, faltan alimentos para alimentar a todos,  hay que morir de hambre, vamos a peor? ¡¡Cielo santo, qué angustia!!

LA GRAN MENTIRA

Con frecuencia se escuchan noticias que hablan del hambre en el mundo, una lacra que es uno de los objetivos principales de Los objetivos De Desarrollo del Milenio (ODM) de Naciones Unidas [1]. En la actualidad, el porcentaje de personas que pasa hambre, respecto al total de la  población mundial, es menor que hace dos décadas. La prevalencia de desnutrición cayó del 18,6 % en el periodo de 1990 a 1992 al 10,9 % entre 2014 y 2016.

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Objetivos de Desarrollo del Milenio de Naciones Unidas

El plazo de la meta de reducir a la mitad la proporción de personas que pasan hambre en el mundo en 2015 se cumplió el verano de ese año, pero siguen desnutridos 795 millones de personas, según un informe difundido en mayo de 2015 por las agencias de la ONU en Roma. El número de personas que sufren hambre ha disminuido en 167 millones en la última década, y en 216 millones desde 1990, una caída que se ha ido notando sobre todo en los países en desarrollo, donde se concentran aún 780 millones de desnutridos.

En el mundo, una de cada nueve personas es incapaz de consumir suficiente comida para llevar una vida activa y sana. Así se recoge en el estudio anual sobre el estado de la inseguridad alimentaria publicado por la Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura (FAO), el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA).

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¡¡Así que hay hambre!!

Y, como hay hambre, muchas personas, debido a la divulgación de noticias falsas, piensan que es necesario producir más alimentos. Diferentes “voceros” desde diversos ángulos se encargan de difundir la siguiente máxima: “Es necesario producir más alimentos para terminar con el hambre en el planeta”. ESA EL LA GRAN MENTIRA.

En palabras de Naciones Unidas, tanto desde la FAO como desde la OMS, así como desde El Programa Mundial de Alimentos (PMA) [2], se afirma con rotundidad que el mundo produce lo suficiente para alimentar a toda la población mundial de siete mil millones de personas. Sin embargo, uno de cada ocho personas en el planeta va a la cama con hambre cada noche. En algunos países, uno de cada tres niños está bajo de peso.

¿Por qué existe el hambre?

1. La trampa de la pobreza. La gente que vive en situación de pobreza generalmente no puede costearse comida nutritiva para ellos ni sus familias. Esta situación los vuelve más débiles y menos capaces de ganar el dinero que los hubiese ayudado a escapar de la pobreza y el hambre. Aunque esta es una situación más propia de países en vías de desarrollo = Tercer Mundo, también se da entre los colectivos más desfavorecidos del Primer Mundo = países desarrollados, incluso en nuestro país y en la Unión Europea.

2. Falta de inversión agrícola. Muchos países en vías de desarrollo carecen de una buena infraestructura agrícola. Esto trae como resultado un alto precio en el transporte, falta de instalaciones de almacenamiento y suministro de agua. Todo esto conspira en contra de las cosechas y el acceso al alimento. Investigaciones realizadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) demuestran que la inversión en agricultura es cinco veces más efectiva en la lucha contra el hambre y la pobreza que la inversión en cualquier otro sector.

3. Clima y tiempo. Los desastres naturales, como inundaciones, tormentas tropicales y largos periodos de sequía, están aumentando, lo cual trae consecuencias devastadoras para la gente de bajos recursos que vive en países en vías de desarrollo. En muchos países, el cambio climático ya está causando condiciones adversas. Cada vez más tierras fértiles sufren de erosión, salinización y desertificación. La deforestación a manos de los humanos causa una erosión acelerada, lo cual dificulta la cosecha de alimentos.

4. Guerras y desplazamientos. Alrededor del mundo, los conflictos armados interrumpen de manera constante la cosecha y producción de alimentos. Este tipo de conflictos también fuerza a millones de personas a huir de sus hogares, dando como resultado severas crisis en la seguridad alimentaria de las personas que, una vez que se desplazan, se encuentran sin los medios para poder mantenerse a sí mismas. El conflicto en Siria es un perfecto ejemplo.

5. Mercados inestables. En años recientes, el precio de los alimentos ha sufrido una gran inestabilidad. Los precios suben y bajan como una montaña rusa, lo cual dificulta el acceso consistente a alimentos nutritivos para la gente de bajos recursos. Éstos necesitan acceso adecuado a alimentos todo el año, y estas alzas en los precios ponen los alimentos fuera de su alcance, trayendo consecuencias permanentes a niños pequeños.

6. Desperdicio de alimentos. Un tercio de todos los alimentos producidos (1,3 mil millones de toneladas) nunca es consumido. Este desperdicio de alimentos representa una oportunidad perdida en la lucha por mejorar la seguridad alimentaria global en un mundo donde una de cada ocho personas sufre de hambre. Producir estos alimentos también utiliza preciados recursos naturales necesarios para alimentar al planeta.

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El ciudadano condicionado por un sistema

El ciudadano y las situaciones se pueden comparar con los alimentos rebozados. Da igual que rebocemos carne o pescado, finalmente será identificado como rebozado. Para los psicólogos sociales, la influencia de las situaciones y de los sistemas que las generan es mucho más potente que las ideas y actitudes de las personas a la hora de explicar por qué tiramos tantos alimentos a la basura en nuestras casas, en los mercados de abastos, en los restaurantes o en los mismos campos de cultivo.

Desde un punto de vista conceptual, podemos distinguir tres elementos explicativos para intentar averiguar por qué un ciudadano tira parte de los alimentos que ha comprado:

  • Persona. Es un consumidor de alimentos en el escenario de la vida cuya libertad a la hora de actuar se funda en su modo de ser personal, en sus características genéticas, biológicas, físicas y psicológicas.
  • Situación. Es el contexto en que, mediante sus recompensas y funciones normativas, tiene el poder de otorgar identidad y significado a los roles y estatus del actor: sus rutinas diarias en su barrio, su casa, su trabajo, su ocio…
  • Sistema. Está formado por los agentes y agencias que por medio de su ideología, sus valores y su poder, crean situaciones y dictan los roles y las conductas de los actores en su esfera de influencia.

El Sistema incluye a la situación, pero es más duradero, más amplio, está formado por personas, por sus expectativas, sus normas, sus políticas y, quizás, sus leyes. Con el tiempo, los sistemas acaban adquiriendo una base histórica y, a veces, una estructura de poder político y económico que gobierna y dirige la conducta de quienes viven en su área de influencia (Zimbardo dixit). Son el auténtico rebozado que condiciona al ciudadano.

El sistema permite especular con la comida, un negocio rentable [3] a costa del hambre.  Según el Real Instituto Elcano: “La migración de liquidez hacia los mercados de futuros ha terminado produciendo subidas de precios en los mercados de contado”. En los últimos años, ante la caída del dólar y la crisis de las hipotecas, los grandes fondos de inversión mundiales pusieron su mira en mercados más seguros y rentables, como los de materias primas agrícolas.

El más importante de todos: la Bolsa de Chicago. Ahí  se compran y se venden, antes de cosecharse,  enormes cantidades de trigo, maíz o cebada. Son los contratos de futuros, acuerdos para comprar y vender bienes o valores con una fecha de vencimiento pactada.

Los productores de estos cereales y otros alimentos los utilizan como un seguro para colocar su mercancía. Los compradores, a su vez, se garantizan el abastecimiento a un precio razonable. El problema es que, mientras tanto, se puede especular con ellos como si fueran acciones que cotizan en Bolsa. La psicología social descubre fuerzas mayores que nosotros, que determinan nuestra vida mental y nuestros actos. La mayor de esas fuerzas es la situación social.

Excepto maravillosas excepciones, que por fortuna se van incrementando, el actual sistema genera multitud de situaciones que actúan de freno en las personas que barajan la posibilidad de aprovechar mejor los alimentos que compran. La inercia del empaquetado y las fechas de caducidad, todo diseñado y regulado para facilitar la vida. Las actitudes socialmente deseables y aquellas a evitar (“comer restos del día anterior es algo de pobres”). Los hábitos de compra y el tiempo disponible para transformar los alimentos adquiridos.

A pesar de todas las dificultades que pueda encontrar una persona para evitar el derroche de alimentos, existen una serie de principios que pueden ayudar a incrementar una conducta proambiental. En cierto modo, la persona tiene un margen de maniobra para exponerse a determinadas situaciones más proambientales. Para Naciones Unidas, lo más importante es reducir la cantidad de alimentos convertidos en residuos. Este principio se puede aplicar tanto a un gran supermercado, como a un restaurante o un hogar. Comprar lo necesario y evitar acumular alimentos que puedan estropearse. De nuevo están resurgiendo comercios donde es posible adquirir alimentos a granel, comprando realmente las cantidades que se necesitan y evitando la generación de multitud de residuos de envases, logrando de este modo un doble beneficio al evitar que se generen residuos de alimentos y de envases y embalajes.

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La segunda posibilidad es reutilizar los alimentos, darles un uso alternativo para que se puedan comer, las famosas croquetas de las abuelas, las tartas, los batidos y los modernos “smoothy” de frutas, los pudins o budins elaborados a partir de restos de pan… mil posibilidades y muchas publicaciones sobre como cocinar con restos. La tercera posibilidad se centra en reciclar o recuperar para otro uso los alimentos que no vayamos a consumir. Cada vez son más los hogares donde un vermicompostero [4] ayuda a transformar los restos de comidas en abono para los tiestos y macetas de la casa. En caso de disponer de un pequeño terreno se puede instalar un compostero que se puede fabricar o adquirir en comercios de bricolaje y jardinería. En el compostero pueden depositarse los restos de alimentos (sin grasas), posos de té y café, restos del cuidado del jardín (hojas, restos de hierba, restos de poda triturados, etc.). En el medio rural tradicional nunca han sobrado alimentos porque los restos que no se comían las personas pasaban a ser alimento de los animales domésticos. Una gallina es capaz de transformar todos nuestros residuos de alimentos en huevos frescos caseros, una tendencia que aparece en reportajes anglosajones sobre el “hombre cool” del siglo 21. La última posibilidad, a evitar siempre que sea posible, es que los alimentos no aprovechados por las personas terminen en un vertedero, donde tal vez sirvan para generar biogás.

Una jerarquía a aplicar sobre la generación de residuos de alimentos

Una jerarquía a aplicar sobre la generación de residuos de alimentos


[1] http://www.un.org/es/millenniumgoals/

[2] http://es.wfp.org/quiénes-somos

[3] http://www.rtve.es/noticias/20080804/especular-comida-negocio-rentable/127970.shtml

[4] Vermicompostero: es un sistema de 3 cajones para la cría de lombrices y el compostaje de nuestros residuos de alimentos caseros. Se venden kits de fácil instalación en las terrazas. Es fácil encontrar diferentes marcas en internet.

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About The Author

José Luis Yustos

José Luis Yustos es psicólogo ambiental (Universidad Autónoma de Madrid), especializado en educación ambiental. Director y co-propietario de A21soCtenible s.l. Medio Ambiente, Desarrollo y Participación, consultora centrada en proyectos de movilidad urbana sostenible y segura, planificación hidrológica, prevención de incendios, formación técnica para Agentes Medioambientales y formación ambiental sobre desarrollo local y participación ciudadana.

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