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Reframing the city

Mijo Miquel 28 julio, 2015

Hace un par de semanas me invitaron a participar en la tercera edición de Ciudad Sensible, organizada por el colectivo de arquitectos Carpe Vía, que trabaja sobre las transformaciones urbanas desde la arquitectura, el arte y el urbanismo. En esta edición, decidieron cambiar el formato de seminario teórico que habían realizado otros años y sumar a las conferencias y presentaciones un taller activo con  repercusión práctica en el barrio de Orriols. Durante meses prepararon las jornadas junto con Contexto[arq] y Orriols Convive para poner en marcha un proceso participativo que pensara de manera colectiva e inclusiva posibilidades de transformación del barrio de Orriols en general y del solar de la Ermita en particular. En el taller práctico denominado “Infraestructuras para la participación” intervinimos tres colectivos: Makea tutorizó la creación de infraestructuras físicas; Anaïs Florin y yo, que conformamos el colectivo Las dos en punto, nos ocupamos de la gestión del espacio y la comunicación; y Fent ciutat trabajó el autodiagnóstico en procesos participativos aplicados al urbanismo. Los tres colectivos junto con los alumnos y los vecinos del barrio estuvimos replanteándonos la colonización del espacio de la ermita. Este solar, conocido como el “descampado de la Ermita”, es un vacío urbano resultado del crecimiento descontrolado de las últimas décadas, situado entre edificios de ínfima calidad construidos para albergar a los inmigrantes que llegaban de Extremadura y La Mancha en los años sesenta, y manzanas residenciales cerradas construidas a partir del 2000 para los nuevos ricos, entre los que se cuentan la mitad de imputados de la Gürtel.

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Este descampado ocupa una posición central en el barrio, mediando entre ambas realidades, aunque actualmente no sea más que un espacio yermo donde estacionan los coches. No obstante, los propios vecinos lo perciben como un símbolo del barrio, un espacio que, por sus características, podría representar una magnífica oportunidad de proyección y que, sin embargo,  es una evidencia constante del abandono en el que la Administración los ha tenido durante décadas. Pintoresco, polvoriento y lleno de cacas de perro. Acordamos con los vecinos la recuperación de una parte de este espacio mediante la instalación de elementos móviles como una caravana reciclada o jardineras para impedir el acceso y delimitar una zona libre de coches abierta a diferentes actividades, además de hacer llegar a los políticos un escrito en el que se detallaban las carencias más evidentes y las medidas urgentes a tomar tanto a corto como a medio plazo.

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Pero en esta entrada no quisiera ocuparme de analizar el proceso en cuestión y sus resultados, tarea que dejo para otra ocasión, sino de la observación de un fenómeno paralelo. En el marco de estas jornadas se programó una conferencia inaugural a cargo del investigador Alberto Corsín, sobre “Urbanismo abierto”. Fue una conferencia densa y larga en la que este investigador nos propuso un marco de análisis diferente para este tipo de prácticas urbanas: el de los experimentos científicos. Partiendo de la idea de la ciudad como laboratorio de experimentación, nos llevó por un viaje al pasado para remontarse a los inicios de lo que hoy en día consideramos pensamiento científico occidental e intentar trasladarnos los rasgos esenciales que lo caracterizan hasta nuestros días. Más allá de la premisa básica de la ciencia respecto al planteamiento de hipótesis que deben ser comprobadas mediante la experimentación y la imposibilidad de su refutación, Corsín nos remitió al marco histórico en el que se desarrollaron los siguientes elementos: la constitución de un espacio acotado de trabajo, la creación de una narración específica (un lenguaje) del proceso, el establecimiento de parámetros de medición de los datos recogidos (una métrica), la aplicación de una tecnología propia de análisis y la creación de una comunidad de confianza que atestigüe la condición científica del experimento, para pasar a preguntarnos si en los análisis de casos urbanos similares al que nos ocupaba se cumplían estos requisitos y en qué medida, por tanto, podrían abstraerse principios generales que permitieran replicarlos, como es el objetivo de cualquier experimento científico.

Independientemente de la novedad del enfoque al apelar a la historia de la ciencia, lo cual permitiría salirse de los caminos habitualmente transitados del urbanismo y la sociología, y de la evidente ventaja de la reducción a principios generales a la hora de poner en práctica proyectos de socialización del conocimiento –como, por ejemplo, Recetas Urbanas o el Recetario, entre otros-, me sorprendió comprobar la respuesta de una parte del público, compuesto principalmente por arquitectos, investigadores universitarios y ciudadanos implicados de forma activa en diferentes proyectos participativos urbanos. Tras la intervención, escuché comentarios que aludían a la sensación de que este investigador venía a explicarnos nuestras propias prácticas cuando nosotros las conocíamos mejor de primera mano sin necesidad de encorsetarlas en este tipo de terminología. Por otra parte, hubo otros comentarios que aludían a la teóricamente inevitable simplificación de parámetros así como a la imposibilidad de aplicar criterios cuantitativos a prácticas que excedían con mucho dicho enfoque.

Sin entrar a discutir cada uno de estos matices, simplemente querría llamar la atención sobre el anticientifismo que nos surge con facilidad en muchas de las disciplinas humanísticas en respuesta comprensible a la consideración por parte de la mayoría de nuestra sociedad de la ciencia como única verdad posible. Andando como andamos intentando desactivar prejuicios en muchos campos (cultural, de género, etc.), parecería ilógico no cuestionarnos nuestros prejuicios contra la ciencia. Aun siendo justificable por motivos históricos la renuencia a ceder todo el campo a una única manera de observar el mundo, considero positiva no obstante la oportunidad que esta intervención nos brindó de considerar que entre un experimento y una experiencia no hay tanta distancia y que quizás, el narrar con terminología científica nos permita modificar, exactamente en un proceso inverso al refrendado, las categorías y los agentes tenidos en consideración por la ciencia abriéndolos a otras prácticas y conceptualizaciones. A mi parecer, Alberto Corsín lo ha demostrado posible en proyectos como City Kitchen o Ciudad Escuela, en los que, mediante este tipo de traslación a vocabulario científico, se ha promovido el reconocimiento de la categoría de expertos a los propios ciudadanos que intervienen en sus espacios convirtiendo la ciudad en un experimento de vida.

Aprovechemos pues el margen de pensamiento que nos conceden las ciencias blandas para incluir el bagaje científico en nuestra maleta de viaje a pesar de que nos suenen las alarmas cuando lo metemos dentro, y sigamos atentos observando cuál es el resultado de esta mezcla. No es nada nuevo, obviamente, pero quizás no resulte inútil recordarlo de nuevo vista la reacción tan a flor de piel que nos sigue provocando, sin olvidar que nos abre posibilidades de empoderamiento por parte de estas nuevas comunidades de confianza compuestas por expertos de la experiencia. En la difícil negociación que se reproduce en todas las disciplinas entre poder y saber, es decir, entre quién puede decir qué es el saber, no podemos hacernos a un lado.

Ciudad sensible

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About The Author

Mijo Miquel

Traductora y doctora en Arte Público, ejerce desde 2003 como profesora de Escultura en la UPV. Especializado en la organización de encuentros relacionados con la creación de esfera crítica. Como investigadora, su actividad se centra en la producción de espacios autogestionados vinculados a los movimientos sociales, así como en el desarrollo de protocolos de participación y gobernanza que impliquen la redefinición de los criterios de calidad urbana.

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