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Intersticios: los nuevos no-lugares

Baltasar Fernández Ramírez 13 enero, 2015

Un lugar es un espacio donde nos suceden cosas o donde observamos las cosas que suceden a otros, que siempre son una mezcla heterogénea de personas y de cosas, sin que esta distinción tenga en ocasiones mucho valor. Un lugar es un espacio vivido en una dimensión simbólica, donde los pequeños sucesos y movimientos se remiten entre sí, se invocan mutuamente como coordinación, y todos ellos cobran sentido como actuaciones globales a las que llamamos acciones, como pasear, reunirse con amigos, sentarse a tomar el sol, esperar el autobús, etc. En cada lugar son características cierto tipo de acciones que, por el mero hecho de su frecuencia, devienen normativas. Son lo normal, que es otro modo de decir que son lo obligatorio.

En tiempos remotos, cuando vivíamos acordes a lo que se llama el pensamiento antiguo, el espacio se convertía en lugar mediante la realización de ciertos rituales de apropiación y de significación. Así, inaugurar un templo o una casa, elegir el emplazamiento de una aldea, de una ciudad o de un nuevo asentamiento provisional, son actos sagrados porque comienzan mediante la repetición de un mito antiguo, se actualiza una cosmogonía, el nacimiento de un mundo nuevo. Y el espacio se hace lugar porque es una réplica de cómo el caos primigenio fue domeñado por fuerzas terribles a las que llamábamos el principio del orden (Tamuz, Baal, Ra, Zeus). Lo importante es que cualquier espacio puede convertirse en lugar, siempre y cuando quede definido en una dimensión simbólica por la repetición de ciertas acciones que forman parte de nuestro pasado cultural, que ya son conocidas desde antes. Parafraseando el principio de analogía del pensamiento antiguo, diríamos que como era antes, así es ahora, y viceversa.

La sacralidad antigua, como afirma Eliade, aún nos acompaña de muchas maneras aunque hayamos olvidado las cosmogonías, o las hayamos reducido a principios normativos simples o intrascendentes, y a la sorpresa y la conmoción que nos produce nuestra primera visita a un lugar desconocido le sucede una comprensión paulatina, un ir poco a poco encajando en las rutinas del lugar, en las normas de ocupación y uso. El caos original se ordena mientras vamos encontrando nuestro sitio dentro de las estructuras de acción apropiadas, en la coordinación de nuestros movimientos con el movimiento o la quietud de los demás, personas o cosas, en una danza pautada, si se quiere, o una sinfonía de movimientos, como cuando nos hacemos familiares con espacios que son ocupados y transitados por cientos, miles de personas a nuestro alrededor, antes y después de nosotros.

Algunas de las claves conceptuales con las que hemos construido esta narración de la transformación normativa de los espacios en lugares se deben al trabajo, ya antiguo, de David Canter y de Roger Barker, dos reputados psicólogos poco conocidos para el común de las personas que se interesan por la psicosociología de los lugares, si bien ellos dos son una buena muestra del pensamiento funcionalista norteamericano y sus teorías carecen de la dimensión simbólica a la que se refieren los antropólogos.

La mayor parte de nuestros colegas arribaron a esta problemática después del conocido libro del antropólogo Marc Augé, No-lugares. Espacios del anonimato, en el que señalaba la preeminencia en nuestra época (la sobremodernidad, decía él) de ciertos espacios en los que las personas de las sociedades occidentales pasamos grandes cantidades de nuestro tiempo y en los que no nos detenemos, no ejercemos derechos de apropiación estable, no los hacemos nuestros, no los ritualizamos al modo en que se realiza para lo que se considera un lugar en las tradiciones culturales más antiguas. Estos no-lugares quedaron señalados desde entonces mediante ejemplos muy evidentes, como los pasillos del metro, las estaciones de autobuses o los aeropuertos, a los que añadimos sin dificultad conceptual las autovías, las grandes avenidas de la ciudad o los centros comerciales que inundan el planeta. Espacios donde nuestra presencia es rápida, nuestra apropiación, efímera, y nuestra personalización, mínima o nula.

Sin embargo, visto con cierta perspectiva temporal, estos espacios dedicados fundamentalmente al tránsito son ya parte de nuestra memoria social, de nuestras biografías personales y del panorama cultural de nuestra época desde hace muchos años. Todos hemos caminado por los pasillos del metro y hemos recorrido las terminales de los medios de transporte en mucha ocasiones, y apenas recordamos de manera anecdótica cuando nos parecieron lugares caóticos o extraños. Nuestra familiaridad con ellos es tal, nuestra comprensión de sus rutinas, nuestro encaje en ellos es tal, que sólo podemos decir de ellos que son verdaderos lugares de la geografía simbólica de nuestras ciudades. Lugares a los que la categoría conceptual de lugar les corresponde con toda propiedad.

Centros comerciales

Centro comercial Santafé, Medellín by Hugo A. Quintero G. in Flickr / Mega Mall, Mandaluyong, Metro Manila by Roberto Verzo in Flickr / Shopping mall, Vilnius by Oleksil Leonov in Flickr / Istanbul, Kanyon view from the entrance by davidvbenito in Flickr / The Forum shops at Caesars Palace by Bert Kaufmann in Flickr

Escribo esta reflexión no sólo pare reclamar el trabajo pionero de David Canter y Roger Barker como lecturas obligatorias para tratar sobre el tema, sino porque muchos siguen aplicando el concepto de no-lugar a espacios como las terminales y demás, cuando ya hace tiempo que el término ha dejado de ser adecuado y requiere de matizaciones para ser utilizado en el análisis de este tipo de lugares. No digo que recorrer el metro sea como sentarse en la sala de estar de nuestra casa, pero tampoco es una experiencia caótica de ausencia de normas, ni un espacio carente de un imaginario simbólico. Puede que los valoremos con cierta frialdad, pero ya son desde hace tiempo también espacios de nuestra vida urbana con total derecho.

La idea de no-lugares, sin embargo, mantiene su vigencia y su interés conceptual para otro tipo de espacios urbanos sobre los que muchos otros autores han reflexionado en una línea complementaria: los intersticios. Es decir, aquellos espacios carentes de dimensión simbólica porque ningún uso les corresponde de manera normativa, lugares donde nunca sucede nada porque no los habitamos en absoluto, pero que están presentes en nuestras ciudades, a veces de manera desapercibida, otras con una ignorancia consciente. Los descampados, ciertos callejones, ciertas traseras o bajos de algunos edificios, ciertos márgenes de algunos espacios ajardinados, ciertos espacios de uso indefinido que llenan los inmensos vacíos de ciertas intervenciones urbanísticas y arquitectónicas. Los espacios en los que nunca nos sucede nada, los espacios inapropiados que, sin embargo, nos esperan de algún modo como espacios potencialmente apropiables, donde se puede inventar la norma porque ninguna norma los define con anterioridad, donde es posible imaginar la transformación social porque nada lo impide o porque las normas mayoritarias los han despreciado y han quedado en el abandono social. Así, podemos convertir un descampado en parque infantil, una tapia en lugar de reunión, un espacio sin propietario en el lugar de la asamblea vecinal, como tantos y tantos grupos de arquitectos jóvenes, artistas y activistas urbanos no dejan de mostrarnos desde hace algunos años.

03 Niños jugando

Niños jugando en la calle by José María Rufo in Flickr / LRLM Move 1 by US Department of Education in Flickr

Para ello, sólo es necesario, como el concepto clásico de lugar predica, acondicionarlo de algún modo, limpiarlo, ordenarlo, amueblarlo y poblarlo, es decir, crear nuevas rutinas simbólicas de actuación ajenas a las disposiciones normativas mayoritarias, sustituir el caos de lo informe por estructuras rutinarias de acción. También en un sentido figurado, es en los márgenes del sistema normativo en donde disponemos de espacios simbólicos para inventar nuevas formas de ciudadanía, de convivencia. Son estos no-lugares los espacios de la revolución silenciosa de nuestro tiempo,  y es la tensión simbólica entre el no-lugar y el lugar lo que permite que el espacio ofrezca el marco para la transformación social y para la libertad de iniciar nuevas prácticas ajenas a las prácticas mayoritarias.

En una reflexión posterior, tendremos que discutir también cómo todo espacio alberga lugares y no-lugares al mismo tiempo, cómo uno puede esconderse en medio de la multitud, y cómo una plaza pública es también una ocasión para reinventar nuestra convivencia y crear un espacio simbólico para la protesta o la reclamación democrática.

02 Callejones

Callejón by Daniel Lobo in Flickr /  Alley parking by 夏天 in Flickr

Imagen de portada: Gunmen at Suicide Circus by Sascha Kohlmann in Flickr

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About The Author

Baltasar Fernández Ramírez

Postmodernidad, sociolingüística, delirio, liberalismo radical, crítica. Todos los campos del saber vuelven a unificarse bajo el marco de la postmodernidad, que sólo entiende las disciplinas en minúscula, como relatos menores reunidos en el espacio postestructuralista de la narratividad. Ciborg, posthumanismo, transgénero, pensamiento distópico, fin de la ciencia modernista, fin del relato del progreso, racionalismo relativista. Puntos ancla y metáforas para un pensamiento rupturista que mira al pasado con ojos de futuro.

2 Comments

  1. Meg 24 junio, 2015 at 10:58

    Muy bien escrito, gracias. Es cuestión de definiciones. Para mí, personalmente, estos intercicios son LUGARES llenos de posibilidades y realizaciones libres y creativas. Son en los intercicios, como medio ocultados, donde los policias no implementan las “leyes cívicas”, donde las cámara de vigilancia dejan de vigilar, donde los arquitectos y limpiadores no se molestan en entrar. Por eso pueden ser (temporalmente) espacios de mucha libertad humana. Para mí, esos aeropuertos y centros comerciales siguen siendo los no-lugares, ultra-controlados y sin vida o diferencia, sobre todo en EEUU y Asia, una falta de textura, diversidad o subjetividad humana.

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