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Hábitat inclusivo y género, ¿ampliamos la cocina?

Ana Paricio 23 mayo, 2018

Cuando algunos y algunas profesionales de la arquitectura leen la nueva normativa de vivienda y urbanismo para construir siguiendo criterios de género, primero encogen las cejas y luego se preguntan si se tratará de hacer cocinas más grandes.

La cultura heteropatriarcal y liberal ha priorizado la economía de mercado, y la ha situado en un lugar preferente en la esfera pública. Mientras, el trabajo doméstico y de cuidado que tradicionalmente ha sido asignado a las mujeres se ha desvalorizado e invisibilizado, relegándolo a la esfera privada [i]. Por trabajo doméstico y de cuidado se entienden tanto las tareas objetivas como la alimentación, la limpieza o las tareas subjetivas de afecto y relación [ii]. Esta (cosmo)visión dual ha condicionado toda la estructura social. La clásica separación entre esfera pública y privada hace tiempo que se cuestiona desde el feminismo por ser una visión excluyente de la “vida cotidiana”.

La perspectiva mercantilizada del mundo parece olvidar que todas las personas somos seres interdependientes y que, en algún punto de nuestra vida, todos y todas necesitamos de los demás (infancia, enfermedad, vejez, etc.). El diseño de los hábitats, tanto la vivienda como el espacio público, debería facilitar las actividades del sostenimiento de la vida, y debería resolver los retos a los que se enfrentan cada día las personas, tanto cuidadoras como cuidadas. Un hábitat inclusivo integra a todos los colectivos independientemente de los diferentes ejes de desigualdad presentes en nuestra sociedad, como son el sexo, el origen, la edad o las diferentes capacidades, adaptando los espacios y los tiempos a sus necesidades.

El modelo dual y patriarcal lleva a un diseño de la vivienda que sigue las normas del juego, esperando que cada unidad esté formada por una familia nuclear tradicional inamovible en el tiempo. Pero la aparición de nuevos modelos de convivencia, las nuevas formas de habitar y la evolución en el tiempo de éstas hacen necesario replantearse el diseño de las viviendas.

La constante evolución de las formas de convivencia y la búsqueda de mayor equidad y corresponsabilidad en el trabajo doméstico y de cuidado llevan a la definición de nuevos espacios para que todo tipo de relaciones y unidades de convivencia sean posibles. Son necesarias una mayor flexibilidad de los espacios (capacidad del espacio para acoger diferentes usos en diferentes tiempos), la eliminación de jerarquías en el diseño de las viviendas (jerarquías que invisibilizan ciertos usos y sobredimensionan otros) y la socialización de estos trabajos.

Este artículo tiene como objetivo incorporar al hábitat urbano las críticas realizadas desde el feminismo al modelo patriarcal y liberal. La propuesta es la construcción de un hábitat inclusivo que rompa el dualismo privado/público y (re)socialice el trabajo doméstico y de cuidado.

Muchas labores domésticas y de cuidado han sido tradicionalmente actividades abiertas al grupo realizadas en el espacio público, y sólo muy recientemente se han convertido en actividades individuales y privadas. Es un proceso de evolución amplio, así ahora ya no es el grupo amplio o unidad de convivencia quien las realiza, sino individuos aislados.

Por ejemplo, dos actividades que se realizaban en grupo, la elaboración de los alimentos y el lavado de la ropa, han pasado a la esfera privada e individual. El fuego era el centro de las muchas actividades domésticas, y alrededor del fuego fluían los intercambios y los afectos. Pero también el lavadero comunitario era un espacio de relación muy activo.

Estos esquemas originarios sobre los que tanto se ha dicho sufren evoluciones diversas pero mueren definitivamente con la mecanización y el uso que hace el llamado “movimiento moderno” tan influyente en la visión de la vivienda y el mundo de la arquitectura.  Le Corbusier, líder de este movimiento en los años veinte, concibió la vivienda como la “machine habiter” minimizando tamaños y reduciendo gestos dentro de una concepción esquemática y funcional de la relación de los ocupantes con su entorno.

En la vivienda. Mejor en grupo que en solitario

En la cocina el esquema es claro. La cocina de la arquitectura “moderna” opta por reducir el espacio y aproximar todas las máquinas y espacios de almacenamiento en torno a una sola persona que tiene que llegar a todos sitios sin desplazarse. El resultado es una especie de planta en U en el centro de la cual hay una persona trabajando. No es posible que sean dos, no caben, no está pensado para eso. Las situaciones más ridículas han sido caricaturizadas por el cine entrecruzando los miembros de las personas que quieren colaborar. La cocina de la unidad de habitación marsellesa de Charlotte Perriand y Le Corbusier es una muestra de esta reducción. La niña mira a la madre a través de un pasaplatos, para que ésta tenga más cosas a mano.

 

Por suerte, parece iniciarse un nuevo movimiento en sentido contrario. Una opción bastante extendida situó el aparato de cocina y quizás un tablero adjunto como una isla o apéndice lineal perpendicular a la pared. Así, dos o tres personas pueden trabajar en los lados de esta isla, o península, a la vez y de frente. El cambio es radical, de las cocinas antropo-céntricas a las trabajo-céntricas.

Se trata de volver a pensar en la elaboración de la comida como un acto de grupo y diseñar pues el espacio cocina como el espacio capaz de recoger esta actividad grupal.

Otro “circuito” [iii] conflictivo es el lavado de ropa. En la familia convencional, con una persona responsable de las tareas domésticas, aparece toda una estrategia compleja del circuito del lavado. Una persona retira la ropa sucia, revisa que no haya desperfectos, según su estado la lleva hacia la costura o el lavado, acumula en lugar próximo a la lavadora, lava, lleva a la secadora o el tendedero, dobla o plancha a la salida y después la coloca en el armario de ropa de cada miembro de la familia.

Hoy sería difícil recuperar los viejos lavaderos colectivos tan socializantes. Tampoco puede estar todo el grupo alrededor de un punto de lavado, pero sí se puede organizar este proceso en un espacio adecuado donde cualquier miembro del grupo pueda ir e impulsar el recorrido del circuito. Un solo espacio que puede ser dentro de la vivienda o un espacio comunitario donde se acumule ropa sucia, se lave, planche, seque y almacene la ropa limpia.

 

En el edificio. No encontramos dónde encontrarnos

Desde esta nueva perspectiva más amplia, centrada en el trabajo doméstico y de cuidado, ya no se puede separar el edificio de la calle, ambos pasan a formar un continuo y el adentro y el afuera se desdibujan. Si se analiza, por ejemplo, qué implica preparar una comida (compra, transporte, almacenamiento, elaboración, tratar residuos, limpieza…), o, por ejemplo, el cuidado de criaturas (alimentar, acompañar a la escuela, compartir la crianza), las fronteras entre el espacio privado y el espacio público se convierten en flujos de movimiento. En este continuo entre los dos mundos, los espacios comunes, intermedios y plantas bajas son de gran importancia para facilitar la realización de estas tareas de cuidado y para aumentar la calidad de vida de sus habitantes.

Espacios comunes dentro del edificio pero fuera la vivienda (como cocinas, salas de estar, espacios de almacén, azoteas con tendederos o pasillos) se convierten en una ampliación de la vivienda de la unidad de convivencia. No sólo nos dan más metros cuadrados de uso, sino que también son espacios de encuentro y de socialización, espacios para compartir las labores domésticas y de cuidado.

Estos espacios comunes también permiten que las exigencias en metros cuadrados dentro de la vivienda sean inferiores. Si se puede cocinar o lavar la ropa en un espacio común del edificio, puede que ya no sea necesario mantener estos espacios dentro de la vivienda o los requerimientos serán mínimos. También un espacio común o privado, como una habitación, puede ser diseñado con entrada independiente para poder ser alquilado o cedido para usos temporales.

Otro espacio de encuentro son los patios de manzana o jardines comunitarios. Un lugar para que jueguen los niños y niñas, paseen las personas mayores o se encuentre el vecindario. Un buen y atractivo diseño de estos incluirá espacios y equipamientos para atender las necesidades básicas: lavabo cercano, fuente de agua, lugar para sentarse, una buena iluminación, visibilidad y accesibilidad.

Por último, las plantas bajas abiertas a la calle y en comunicación con la vivienda son un enlace clave para la vida comunitaria. Cuando la vivienda está mezclada con otras funciones, la actividad doméstica presta su energía a talleres, oficinas y servicios [iv]. Pequeño comercio de proximidad, talleres, espacios de trabajo y bares o cafés de barrio tienen esta doble función de satisfacer las necesidades básicas del vecindario y ser espacios de encuentro, puntos de anclaje de la comunidad.

 

En el espacio público. ¿El capital o la vida?

El tejido urbano y los espacios públicos se encuentran al final de este continuum. Las ciudades y los espacios públicos pueden parecer abiertos a todos y todas, por definición, en oposición a los espacios privados, pero la realidad es que no siempre son accesibles e inclusivos [v].

Las actividades de (re)producción social (como la compra de alimentos, ir al médico, estar al cuidado de criaturas o personas enfermas, jugar, socializar o participar en la comunidad) deberían tener una traducción espacial y temporal. Dependiendo de cómo las ciudades organizan estas actividades y tareas, será más o menos fácil llevarlas a cabo y compartirlas. A la vez, esta organización proporcionará en mayor o menor medida calidad de vida a la ciudadanía. El conflicto capital-vida también queda representado en las calles y edificios de las ciudades.

En las grandes ciudades occidentales surgen algunos síntomas de exclusión: a los niños y niñas no se le permite jugar en las calles, bancos que desaparecen por el miedo a ser ocupados por los sin techo, calles diseñadas para transitar/comprar, y no para la estancia, aceras ocupadas para intereses privados, como mesas y sillas para bares o publicidad.

Como muestran miles de años de experiencia, en algunas de las urbes occidentales, las ciudades compactas y diversas (mezcla de residencia, oficinas, industrias y servicios), funcionan mucho mejor para la ciudadanía que las ciudades dispersas, zonificadas por actividades, dependientes de automóviles y consumidoras de recursos y tiempo. Los espacios públicos inclusivos compatibilizan tareas de cuidado y reproducción reuniendo una mezcla de funciones (jugar, comprar, hacer vida social o cuidar) y servicios (la plaza del museo, el patio de la escuela, el jardín de la biblioteca, la tienda local o la residencia de ancianos).

Los espacios públicos deberían abarcar actividades nuevas e inesperadas más allá del transitar y el comprar. Una ciudad abierta debería permitir un partido o una exposición en la calle, una reunión de adolescentes, una cena del vecindario o una protesta política, y, de esta manera, permitir la apropiación del espacio por parte de la ciudadanía.

 

No es suficiente con el diseño

El diseño y la planificación comentados hasta ahora no son, sin embargo, garantía de éxito, si por éxito se entiende que el espacio o vivienda permitan realizar y socializar el trabajo doméstico y de cuidado, el intercambio generacional y cultural. Porque las soluciones generalistas no funcionan, lo que da buenos resultados en un lugar o momento dado, puede no hacerlo más adelante, en otro lugar o con diferentes circunstancias. Las personas y sus relaciones son el hecho diferencial que no se puede olvidar, controlar o predecir. El tejido social que se esconde detrás de las estructuras físicas es el que da sentido a los espacios comunes y los espacios públicos.

La observación de este tejido social permitirá un mejor aterrizaje en cualquier intervención de los hábitats. Es necesario recoger información sobre los usuarios y usuarias y las redes sociales de las que forman parte, conocer sus perfiles, sus relaciones, sus tiempos y sus necesidades. La primera opción de intervención será la rehabilitación de viviendas, es la más fácil ya que se conocen las unidades de convivencia que las habitan y es también la opción más sostenible.

Otro momento para hacer esta tarea son las memorias sociales, tanto de viviendas como de proyectos urbanísticos a pequeña escala. Bajar en la escala micro y recoger información tanto física como social, cuantitativa y cualitativa, permite hacer una aproximación al conocimiento de las presentes y futuros habitantes, y llevar a cabo actuaciones ligadas al territorio y la ciudadanía que lo habita.

Por último, en el propio proceso de diseño y construcción, cuando sea posible, es valioso incorporar a las personas de la unidad de convivencia en el proceso. Será fácil con experiencias cooperativas, y más complicado en vivienda que saldrá al mercado, pero siempre será interesante acercarse a las necesidades cotidianas de las personas, a las diversas unidades familiares y sus formas de habitar el espacio.

En la medida en que se pone el foco de atención en el conocimiento de los procesos de vida de los diferentes colectivos que habitan y comparten las ciudades, y se busca la manera de permitir y apoyar espacial y temporalmente sus necesidades, se puede decir que nos acercamos al hábitat inclusivo.


Con la colaboración de Ignacio Paricio, Sonia Ruiz y Pep Vivas.


[i] Pateman,Carole (1983). Feminist critics of the public/private dichotomy. En Stanley I. Benn y Gerald F. Gaus (eds.), Public and Private in SocialLife (pp. 281-303). Nueva York: St. Martins Press.

[ii] Carrasco, Cristina (2001). La sostenibilidad de la vida humana: ¿un asunto de mujeres ? Mientras Tanto, (82), 43-60.

[iii] Falagán, David H. (2016). Flexibilidad e igualdad de género. Cuestiones de Vivienda. Barcelona: Ayuntamiento de Barcelona, Concejalía de Vivienda.

[iv] Habitar, Grupo investigación UPC (2010). Exposición “Rehabitar” Las plantas bajas [4]. Ministerio de Vivienda. http://habitar.upc.edu/wp-content/uploads/rehab4.pdf

[v] Fraser, Nancy (1990). Rethinking the public sphere: A contribution to the critique of actually existing democracy. Social Text, (25/26), 56-80.

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About The Author

Ana Paricio

Ana Paricio es profesora consultora de la Universitat Oberta de Catalunya y máster en intervención ambiental. Investiga en los procesos participativos colectivos y en el espacio público des de la perspectiva de género. Experiencia laboral en el ámbito de la intervención ambiental, la psicología social y la representación gráfica con herramientas GIS.

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