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El estupor en clave pequeña

Aritz Tutor Antón 2 Febrero, 2016

Nota del Traductor (de aquel que traduce esta pared):

Esta advertencia está concebida para que el lector no se desoriente, no se golpee ni se confunda al colocarse frente al texto, como quien se coloca frente a un artefacto libre sin necesaria conexión con los sucesos reales, avanzando en la abstracción, y sin presuponer una realidad limitada, pudiéndose zambullir en la pared con las antenas sensitivas bien orientadas (no tanto a lo racional, sino a la libre divagación).

Así, el siguiente texto está escrito desde un desconocimiento consciente, situado.

El autor obvió deliberadamente la fuerza de la gravedad de la realidad en dos sentidos. Por una parte, rodeó la explicación más evidente (aquella que involucra a un técnico chapuza que, después del error, cambia la operativa y rehace el camino ajustándose a criterios de racionalidad económica). Por otra parte, se escabulló de ajustarse a la circunspección que toda cosa real exige; en otras palabras, prefirió que la realidad que narrara no fuera seria, rígida y correcta.

Por lo tanto, y aunque los mecanismos, dispositivos y protocolos (en este caso, la actuación de colocar un cable en una fachada, con la intervención del técnico y sus herramientas) responden a un patrón que se repite y el resultado final corresponde, efectivamente, a esa consecución de error del instalador, junto con una deferencia corporativa con vistos a un ahorro económico y minimización de posibles conflictos con los vecinos, el siguiente relato comienza con otras premisas.

Con un punto de partida que posibilite entrever esas otras razones simultáneas, que se despegue (que se desadhiera y que ascienda hasta lo cenital) de la realidad monolítica y unívoca para interpretar y traducir la pared desde otro ángulo. Para comprobar que existe asimismo un espacio-tiempo para una razón mágica que desembaraza a la pared, y así a lo urbano, de la tediosa y demasiadas veces invocada realidad realista. Convocamos (a) una ciudad de interacciones, donde la sorpresa tenga cobijo y se pueda preguntar a una pared que invariablemente no responda (a) la misma secuencia (operador-error-ahorro económico-rectificación). Esta perspectiva introduce nuevas causalidades, nuevas oportunidades para salir del anonimato y para propiciar un encuentro y un espacio para hablar de una pared cualquiera de Oporto. 

Aparentemente es una pared y, sin embargo, encierra un campo de posibilidades. 

El estupor en clave pequeña

En este breve texto os contaré porqué fotografié este vestigio cultural, en qué reside la clave, o en clave menor, la clavija de esta rareza etnográfica.

Esta imagen, esta pared, nos viene a hablar del antiquísimo sistema de prueba y error. Y errar es de humanos, y rectificar de sabios. Sabemos, entonces, que esos cables no se pusieron solos, y aunque parezca una perogrullada, que los puso un humano, una pessoa similar a nosotros, y definitivamente, una persona sabia. Definitivamente sabia porque hemos escarbado retroactivamente en su obra y hemos descubierto esas trazas de sabiduría, esa destreza y valentía (pues no es fácil admitirse errado) impresas en la piedra.

La foto es en suma un ejercicio de arqueología; como cualquier mirada, supongo, a cualquier pared de cualquier ciudad. Arqueología interna –qué nos dicen los edificios de nosotros cuando el objeto nos mira más de lo que lo miramos– y arqueología externa –buscar lo que subyace en lo visual–, que es el caso que remarco ahora.

Tenemos varios elementos que componen la fotografía. Principalmente, un tubo y varios cables que lo cruzan sobre un fondo de azulejos. Fíjate, fijémonos en las líneas verticales y, más concretamente, en el cable que asciende (que sube es una suposición mía, pero los servicios van de abajo arriba, ¿no?). Claro que la foto podría estar al revés o volteada y entonces estas nociones no nos valdrían…, pero no lo está, y respecto a los convencionalismos sociales donde el suelo es abajo y el techo es arriba, el cable escala la pared desde la parte inferior de la foto y el edificio hasta la parte superior de éste/éstos.

Y, de hecho, nos abstraeremos del resto de la composición y nos focalizaremos en la confluencia, en los puntos de unión del cable con el azulejo. En la perforación que introduce un nuevo tiempo en medio de los viejos tiempos. Para eso es conveniente mirar a esas clavijas que ligan ambos componentes; sí, esos que parecen dos ojos que miran hacia el infinito. Y no, este bello y desapercibido dibujo no es la causa de la foto.

La razón de haber tomado esta fotografía, de haberme detenido a observar, es la posibilidad que (me) da para adentrarme en la historia de esta pared y de ese cable, de ese cable en esa pared. Y del operario, el elemento dinámico que necesariamente –ahora lo veremos– tuvo que intervenir colocando el anclaje y posibilitando así que estas dos unidades –azulejo y clavija– se encontraran. Y es que mediante una hipótesis más o menos atrevida se puede explorar la urdimbre que hizo posible tal disposición y estado de las cosas.

Y es que un azulejo, el primero –dato importante–, está roto. Aparece perforado en su mismo corazón y sólo queda de su recuerdo una esquina superior derecha. Quebrado por una acción disruptiva en el espacio, no impide, sin embargo, la incansable subida del cable y no supone un contratiempo (pese a que altera ligeramente la rectitud de la ascensión, probablemente porque al romperse y sumirse la clavija, se separó un poco del sitio convenido). No obstante, se aprecia un cambio. Un cambio de rumbo, un cambio de patrón; un cambio en el sujeto productor. Por ejemplo, en la separación entre las clavijas. La distancia es más o menos constante (más arriba, tras el cambio de referencia, más constante aún), pero después de la clavada destructora, la largura entre las clavijas se acorta. Si de un ejercicio de ahorro-eficiencia se tratase, no tendría sentido acortar distancias, al menos por ahorro de material, pues conllevaría indefectiblemente la colocación de un mayor número de sujeciones. El obrero primó en este caso criterios no económicos, lógicas que van más allá de las puramente capitalistas. El operario municipal o de telefonía (no sé qué transporta el cable) prefirió priorizar externalidades, cuestiones estéticas y de respeto vecinal y de fachada más que las meras cuentas económicas de constancia de distancia entre clavijas y su consecuente optimización en su utilización y colocación.

La foto representa la prueba y el error. La foto nos remite a una mano humana, a un deus ex machina no mecánica en cuanto que es reflexiva, a alguien que reacciona al entorno. Y a alguien sabio, además. Porque rectificar es de sabios, y lo que la mano detrás del martillo hizo fue golpear, detenerse, mirar escrupulosamente, idear una alternativa y llevarla a cabo. Porque colocar una clavija en el centro del azulejo lo destroza y, de seguir en esa línea –recta–, se abriría un camino de azulejos asesinados que no harían bonito –harían feo– y no harían nada de gracia a la propietaria (o propietarios) de la casa. Y como el operario no es desaprensivo y sabe que nada cuesta afanarse e intentar buscar la posición idónea para su clavo y su fuerza, rectifica. Y así lo mete con determinación en la intersección alicatada. Por eso sabemos que el cable no se colocó solo; más aún, que lo colocó un ser r(e)acional que responde a los estímulos del entorno, que este señor (o señora, ¡ojo!) es sensible respecto al arte cotidiano de la ciudad y en relación al sentir de quien vive (en) esa casa y pasa por esa calle. Que no quiere dañar el día a nadie ni causar disgusto alguno.

Esta foto la tomé porque me permitió, me dio permiso, para ver más allá del cable y de los azulejos, más allá de la pared, más allá de la ciudad, e imaginar a quien construyó ese camino. Quizá mirando para ambos lados tras (a)cometer la ejecución pública del azulejo (¿me habrá visto –y censurado– alguien?), quizá sonriéndose o sonriendo alborozado al compañero por lo infantil del pudor que siente por lo que ha hecho…

Esta foto nos aproxima a la vida diaria, al ajetreo de la ciudad, a la persona que realizó dicho encargo. A una persona como tú y como yo, como Manuel y Amanda. Este azulejo son sus cinco minutos.

PD: Y todavía se podría afinar más (a la derecha parece que salen otros dos moldes de clavija, ¿se tratará de un camino alternativo?), aunque tampoco atinaría, y terminaría finada la poca magia que quedara en esta visión-mirada.

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About The Author

Aritz Tutor Antón

Geógrafo interesado por todos los fenómenos que pueblan y habitan el espacio, por (de)formación profesional y apetencias personales, especialmente en aquello que incumbe a las dinámicas urbanas en las que concurren humanos, agencias y sus intereses. Con ese mejunje busca contribuir al ungüento colectivo que siga dotando a las llamas que porfían por seguir brillando en la oscuridad.

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