Los antecedentes más remotos de la plaza pública de Aguilar deben situarse en torno al antiguo barrio de la Villa –sito en el actual cerro del Castillo, núcleo poblacional original de la ciudad–, el cual se encontraba a las faldas de la propia fortaleza de los Fernández de Córdoba y cercado por murallas defensivas que poseían distintas puertas de acceso. Lejos de ser un espacio urbano programado, distintos factores propios del proceso de ocupación y poblamiento en esta villa de señorío fueron determinando la configuración de un lugar abierto de concentración pública. Así, sabemos que la antigua Plaza de Armas dio pasó a la Plaza de Mercado y, por último, a la Plaza Mayor o de la Villa en la que se fueron acomodando, de manera natural, los distintos establecimientos públicos (Casa del Cabildo, Pósito, Cárcel, Picota, Escribanías, Carnicerías, Peso, Molinos Viejo y Grande, tiendas…) supeditados tanto a la orografía como a un sinuoso entramado viario de herencia bajomedieval. Lógicamente, desde el siglo XVI al XVIII, las reformas fueron continuadas de cara a paliar los problemas de estrechez que, de manera paulatina, se fueron sucediendo debido al crecimiento poblacional y comercial, además de buscar el embellecimiento del aquel espacio «en forma de anfiteatro» –compuesto de varios niveles– tan notorio y principal de la villa.

Sin embargo, el último tercio del Setecientos resultó determinante para aquel lugar histórico, anclado a la memoria del sometimiento señorial. El paulatino deterioro y abandono del Castillo, así como de las zonas inmediatas de aquel barrio, cedieron el notorio crecimiento de la villa hacia la parte más meridional de la misma que, por circunstancias varias y desde decenios atrás, había provocado que aquella zona perdiera la consideración social de antaño. Las reivindicaciones ilustradas de la élite local por aspirar a un pueblo más acorde a los nuevos tiempos que corrían consiguieron que el espacio del antiguo cerro de la Silera –destinado al cultivo y almacenamiento de trigo desde el Quinientos– comenzara a desarrollarse en el plano urbanístico hasta el punto de construir en 1770 la singular Torre del Reloj, por mandato real y a costa del caudal de Propios, con el pretexto de ubicar el reloj público en un lugar más céntrico de la población. Aun así, quedaba mucho terreno sin edificar en el cerro y para evitar que éste se convierta en un muladar, treinta años después de aquel campanario barroco termina fraguándose el plan de urbanización más ambicioso del momento: la construcción de la Plaza Octogonal.

Los primeros datos que conocemos de esta obra nos sitúan en 1803; justamente, nos estamos refiriendo al texto laudatorio hacia la gestión municipal del corregidor Pablo de la Vega y Mena expuesto en el cabildo celebrado el 24 de enero. Así, entre los logros obtenidos en su gestión urbanística, viene a resaltarse que tiene tomadas las medidas para construir una Plaza en el despoblado de la Silera que afea uno de los principales sitios del pueblo. Evidentemente, nadie calibró en aquel momento el alcance de dicho propósito ni aquella exposición de méritos sirvió para que el duque de Medinaceli ampliara el mandato del citado corregidor. Por cierto, huelga señalar que, pese a las distintas acciones emprendidas desde tiempo atrás por parte algunos hacendados partidarios de la reversión de la villa a la Corona, el gobierno, control y administración local dependían aún de los titulares del marquesado de Priego-ducado de Medinaceli, pese a su absentismo desde tiempo atrás.

En cualquier caso, aquella aspiración sería bien vista por parte del nuevo corregidor que sucedió a Vega, Juan Antonio de la Plaza, pues asume el proyecto como propio y promueve su construcción. De hecho, la siguiente data que conocemos la ofrece el mismo plano del conjunto, conservado en los fondos propios de la casa ducal de Medinaceli en el Archivo Histórico de la Nobleza, cuya leyenda reza así: Plan de la nueva plaza que se fabrica con el mayor celo en la villa de Aguilar de la Frontera. Principiada en 1 de junio del año de 1806. Aunque el diseño no aparece firmado, el plan de embellecimiento urbano del cerro de la Silera con estos dos hitos tan emblemáticos (Torre del Reloj y Plaza Octogonal) se ha venido atribuyendo al buen hacer de un hacendado local, Juan Vicente Gutiérrez de Salamanca –asimismo fue fundador de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Aguilar–, a tenor de las declaraciones vertidas por su bisnieto, Rafael Ramírez de Arellano y Díaz de Morales, en su antológica obra titulada Ensayo de un catálogo biográfico de escritores de la provincia y diócesis de Córdoba con descripción de sus obras (1921-1923), donde pondera las aptitudes artísticas y literarias de su antepasado.

Otorgándole el título de arquitecto sin poseerlo, precisa que Gutiérrez de Salamanca dejó una torre llamada del Reloj de Aguilar, obra elegantísima y muy atrevida, pues siendo de mucha elevación y muy delgada, se encuentra en medio de una plaza sin edificio alguno que le sirva de apoyo. También trazó los planos para la plaza de la Constitución de aquel pueblo. Esta información que proporciona Rafael Ramírez de Arellano la hereda de su padre, Teodomiro Ramírez de Arellano y Gutiérrez de Salamanca, quien, en sus Paseos por Córdoba (1873), también, al hablar de la casa de los condes de Hornachuelos, aprovecha la ocasión para decir que ensalzar a su abuelo materno, al decir que su nombre siempre será eterno, por haber hecho el plano y dirigido la preciosa Plaza Nueva y la esbelta y aislada Torre del Reloj.

Sea como fuere, a partir de ese momento (1806-1807), se efectuaron las primeras compras de parcelas de sembradura y a promover las obras de edificación, para cuyas gestiones se comisionó al síndico del Común, Teodoro Escobar Núñez, principalmente (por cierto, a título póstumo, su labor se vio premiada dedicándole la calle que va desde la Plaza hasta la Torre del Reloj). A finales de 1807 la plaza de corregidor resultó vacante tras la marcha de Juan Antonio de la Plaza, accediendo entonces Pedro Antonio González de Canales –recibido en el cabildo del 11 de noviembre–, quien favoreció los trabajos de construcción del conjunto que estaban al frente del maestro de obras municipal, Francisco de Paula Ruiz. A buen seguro, González de Canales se ilusionó  con tamaña empresa y aprovechó la coyuntura para introducir algunas modificaciones sustanciales al antiguo diseño (p. ej., la instalación de las Casas Consistoriales, construcción de carnicerías, pescaderías, cárcel…). Sin embargo, pese a la evolución constructiva tan favorable, se avecindaban tiempos convulsos en la historia de España y, por ende, de esta localidad cordobesa con la invasión napoleónica. Ya, en 1808, llegaron los franceses a Córdoba y la situación cada vez se antojaba más tensa hasta 1810, jurándole la población fidelidad a José I Bonaparte en un acto solemne celebrado el 18 de febrero en la Parroquia mayor de la villa.

Para entonces, afortunadamente, la plaza estaba casi finiquitada y, como se aventuraban nuevos cambios en el principal cargo de responsabilidad local, González de Canales dejó constancia de la importancia de esta realidad edilicia en una improvisada cápsula del tiempo en la que introdujo tres monedas y la siguiente inscripción: Este era el despoblado de la Silera. En él se hizo la Plaza, Casas Capitulares y Cárcel, Pescadería y esta Carnicería, desde el año de 1806 hasta hoy. En marzo de 1808 reinaba don Carlos III. En 19 del mismo, por su renuncia, entró su hijo don Fernando VII; renunció en Bayona de Francia en mayo de dicho año en don José Napoleón I que hoy reina. Costeáronse estas obras por los vecinos siendo corregidor don Pedro Antonio González de Canales, por quien se graba ésta y pone las tres monedas de los dichos reyes por haber reinado en un año los ya dichos tres monarcas, por lo que importa a la Historia. Aguilar de la Frontera, mayo 25 de 1810 años. En el mismo chaflán del inicio de la calle Real (confluencia calles Pescaderías y Desamparados en la actualidad) donde se enterraron estos objetos, sí quedó a la vista una cartela con el nombre del maestro de obras y el año de su ejecución («Hizo esta obra el maestro Francisco de Paula Ruiz, Dzo. Año de 1810»).

Desde la marcha de González de Canales en mayo-junio de 1810 hacia hasta la retirada de los franceses en septiembre de 1812, pasaron varios corregidores (Juan María del Valle Calvo, Juan José Triviño y Alfonso Ruiz de Palma) hasta el nombramiento de Antonio Benito Calvo de León, con el que, finalmente, el 20 de junio de 1813 se mudaron los papeles de las casas capitulares viejas a las casas capitulares nuevas de la Plaza Nueva del Señor San José. Dicha mudanza ponía fin a las obras de construcción de la Plaza de San José, pero el traslado del Consistorio al nuevo emplazamiento no sería el único «golpe de efecto» que confinará a la antigua plaza principal, de origen medieval, sino que, al mismo tiempo, en 1814 se prohíbe la venta en la misma y, además, se permiten las licencias de construcción de viviendas en la zona dejando solo la cuesta de Jesús –abierta desde 1793– como única vía de comunicación directa con la iglesia parroquial de Santa María del Soterraño y zonas aledañas.

Y es que, como bien señala Cervera Vera, el fin principal que promovió el diseño del espacio octogonal fue el de establecer un espacio libre destinado a mercado de abastos, si bien, por extensión y dadas las nuevas circunstancias socio-urbanísticas, pasó a convertirse en el centro neurálgico de la villa donde confluían todos tipo de actividades humanas. Su iniciativa fue fruto del espíritu renovador e ilustrado presente en un sector de la clase acomodada aguilarense, que apostaba por las medidas reformistas de los Borbones. Lejos de influenciarse por los modelos de Almadén, Archidona u otros lugares de España, los cuales conocerían sobradamente sus promotores, el caso que nos ocupa goza de una distinción conceptual superior, la cual no solo pretende paliar las carencias básicas que suscitaron su génesis, sino que delata el conocimiento profundo de formas arquitectónicas más internacionales que se «enraízan» por medio de un lenguaje estético castizo, vernáculo, para combinar a la perfección los efectos tardobarrocos con los clasicistas.

En líneas generales, estamos ante una plaza mayor programada, de estilo neoclásico, limitada interiormente por un polígono octogonal de lados iguales, que la cierra totalmente, y que se comunica con el exterior mediante cuatro pasos cubiertos en esviaje con arcos rebajados. Las distintas fachadas presentan tres alturas enrasadas -excepto en la fachada de las Casas Consistoriales y edificio anejo, los cuales manifiestan su presidencia con dos niveles-, con superposición de órdenes en pilastras de la calle principal (orden toscano en planta baja y orden jónico en la superior). El desarrollo longitudinal de las fachadas posee ligeras variantes compositivas de cada uno de los edificios respecto al conjunto (efecto escenográfico), las cuales evitan la monotonía compositiva del esquema general de fachada, resultado final que, en honor a la verdad, es lo que le otorga al recinto cerrado un equilibrio y armonía formidables. Ya advertíamos cómo destaca sobremanera la fachada del Ayuntamiento, cuyo remate en forma de peineta alberga la heráldica «afrancesada» de la ciudad, así como una cartela latina por encima de la balconada principal –AGUILARIAE POPULOS HUNC EREMUM IN FORMOSUM FORUM SUO SUMPTUI LIBERALITER CONVERTIT (El pueblo de Aguilar transformó este yermo en hermosa plaza a sus expensas)–, además de los blasones de don Alonso de Aguilar y doña Catalina Pacheco que, en su día, estuvieron ubicados en la Puerta de Espejo, sita en el antiguo recinto amurallado de la villa. Finalmente, todo el recinto octogonal se ve coronado por un sotabanco con altos pináculos.

Desde su construcción hasta los primeros años de 1966, cumplió su principal cometido, cual fue ser espacio para el abastecimiento público (mercado), principalmente. Durante todo ese tiempo, sufrió adaptaciones y reparaciones diversas mas nunca alteraron su fisonomía general. Sin embargo, las labores de restauración más importantes fueron las emprendidas en la década de 1970, que sirvieron para dotarle del actual pavimento y, con posterioridad, de cierta uniformidad de fachadas tomando como referencia las dos únicas portadas originales conservadas (casas n.os 18 y 19). Los proyectos técnicos fueron redactados por los arquitectos Rafael de la Hoz Arderius, Gerardo Olivares James y José Chatang Barroso. Por últimos, cabe señalar que Francisco Franco, previa deliberación del Consejo de Ministros, lo declaró Conjunto Histórico-Artístico por Decreto 1685/1974, de 24 de mayo de 1974, siendo el primer inmueble al que se le concedió protección legal en la ciudad.

Autor: José Galisteo Martínez

Bibliografía

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CABEZAS PÉREZ, Francisco, “La villa de Aguilar de la Frontera a comienzos del siglo XVI”, en CABEZAS PÉREZ, Francisco, LEÓN MUÑOZ, Alberto y

CERVERA VERA, Luis, Arquitectura de la plaza mayor octogonal de Aguilar de la Frontera (Córdoba), Córdoba, Real Academia de Córdoba, de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, 1996.

ORTIZ JUÁREZ, Dionisio, BERNIER LUQUE, Juan, NIETO CUMPLIDO, Manuel y LARA ARREBOLA, Francisco, Catálogo artístico y monumental de la provincia de Córdoba, tomo I, Córdoba, Diputación, 1981.

RIVAS CARMONA, Jesús, “Juan Vicente Gutiérrez de Salamanca Fernández de Córdoba, arquitecto cordobés de los siglos XVIII y XIX”, en Imafronte (Murcia), 1, 1985, pp. 59-72.