La de los condes y luego duques de Medinaceli es una de las más importantes Casas nobiliarias españolas, tanto por su especial origen real como por la política de alianzas desarrollada a lo largo de varios siglos con otras familias nobles de los diversos reinos peninsulares, lo que le aportó un inmenso patrimonio señorial dentro de la propia Península Ibérica y también en los dominios españoles continentales. Ninguna otra Casa nobiliaria pudo jamás blasonar un origen más encumbrado, como descender de la antigua Casa Real de la dinastía Borgoña-Palatina, pero con derechos al trono. Y es que los Medinaceli ostentan la línea de primogenitura de la antigua monarquía castellano-leonesa, en su condición de descendientes directos del hijo primogénito del rey Alfonso X de Castilla-León, el infante don Fernando, rama que quedó apartada del cetro real en el siglo XIII ante la usurpación del trono por parte de la línea colateral que representaba Sancho IV el Bravo. Dicho infante Fernando de Castilla (1255-1275), conocido por el sobrenombre de «el de la Cerda» que dio nombre a la estirpe —al parecer, por haber nacido con un largo cabello en el pecho—, fue jurado heredero al trono de Castilla-León. Por aquellas fechas, su padre se presentó como candidato a la sede del Sacro Imperio Romano-Germánico, vacante tras la muerte de Guillermo de Holanda (alegando sus derechos como hijo de Beatriz de Suabia, prima hermana del también extinto emperador Federico II). Por tal motivo, Alfonso X hubo de ausentarse de sus reinos en 1274, para hacer valer tales derechos imperiales y, entonces, el joven príncipe de la Cerda ocupó la regencia y el gobierno de la Monarquía castellano-leonesa en su condición de heredero de la Corona. Sin embargo, éste murió inesperadamente a los 20 años de edad, aunque dejando sucesión legitima del matrimonio que había celebrado con la infanta doña Blanca de Francia, hija del rey Luis IX el Santo. Los pequeños se llamaban Alfonso y Fernando y serían conocidos en la historia como los «Infantes de la Cerda».

Esta prematura muerte del príncipe daría origen a un complejo problema sucesorio en Castilla que no se iba a resolver, definitivamente, hasta los albores del siglo XIV. Pues, a la muerte del rey Sabio, en 1284, no se respeta su última voluntad (por la que el trono debía pasar a su nieto Alfonso de la Cerda) y, de inmediato, el segundogénito es proclamado nuevo rey de Castilla-León con el nombre de Sancho IV (1284-1295). Esta entronización desembocó en una prolongada guerra civil, que no se sustanciaría hasta veinte años después, ya reinando el nuevo monarca Fernando IV (1295-1312). A la confrontación armada siguió una etapa negociadora en la que se llegó a la resolución del conflicto a través de una sentencia arbitral, firmada en Torrellas el 8 de agosto de 1304 —con participación de los reyes Jaime II de Aragón y Dinís I de Portugal—, en virtud de la cual don Alfonso de la Cerda (1270-1335) —titulado rey en el documento, como el propio Fernando IV— debía renunciar al trono de Castilla, a la titulación real y al uso de armas y sellos regios, así como se comprometía a restituir a la Corona una serie de villas y lugares de Castilla que estaban con él. A cambio de dicha renuncia y restitución, el infante Alfonso recibía un conjunto de territorios muy dispersos, conocidos en las crónicas como «señoríos de la recompensa». La preconcebida particularidad del distanciamiento de estos dominios, objeto de la donación, permitió que no se consolidará inicialmente un amplio estado como importante solar de la rama troncal de la familia, y algunos de sus miembros abandonaron el reino camino de mejor fortuna entre sus parientes, los reyes de Francia. Otros se quedaron en Castilla administrando un diezmado patrimonio, ya distribuido entre diferentes vástagos, que procuraron afianzar y aumentar por alianzas con otras grandes familias.

La mayor parte de este patrimonio señorial se concentró por diversas vías transmisoras en la nieta del desheredado, llamada Isabel de la Cerda (1322-1385), único y último vástago de la rama principal de la regia estirpe castellana, quien al casar en 1370 —por mediación del rey Enrique II— con el caballero francés Bernal de Bearne y Foix (hijo ilegítimo del conde de Foix Gastón Febus), recibió de su propio esposo, y para su descendencia, el condado de Medinaceli, título que él ostentaba desde el 29 de julio de 1368 por merced del propio monarca Trastámara. Se fraguaba de esta forma a partir de entonces un importante estado, situado en zona fronteriza con el reino de Aragón (confluencia de las actuales provincias castellanas de Soria y Guadalajara), en poder de la segunda raza del linaje, «Bearne-de la Cerda», que de inmediato solo usaría por apellido el del real linaje, sin duda para emular su más alto origen y para perpetuar en la descendencia sus derechos monárquicos.

Más adelante, en 1479, los Reyes Católicos elevaban el estado de Medinaceli a ducado, a la vez que transferían el título condal ―que, de no ser así, se hubiera perdido en la Casa― al señorío de la villa de El Puerto de Santa María, que también poseían los «De la Cerda» en el sur peninsular. Se trataba, sin duda, de un privilegio de merced especial de los monarcas al agraciado, el V Conde Luis de la Cerda y Mendoza (1443-1501), excepcional hasta entonces. Este primer duque de Medinaceli y conde del Puerto de Santa María es también conocido por el protectorado que brindó a Cristóbal Colón entre 1490-92, estando a punto de financiar el primer viaje de Descubrimiento del Nuevo Mundo, como empresa privada .

Para entonces los Medinaceli habían conseguido la integración a su patrimonio de dos estados más: uno, el propio condado de El Puerto de Santa María, donde la familia había echado raíces ya en su primera etapa; el otro, el señorío y, de inmediato, marquesado de Cogolludo, muy próximo a Medinaceli en tierras de Guadalajara, título éste que quedó para el heredero de la Casa ducal por merced de Carlos I. Otras villas, lugares y aldeas que paulatinamente se habían ido agregando a la Casa durante más de un siglo, incorporándose al antiguo mayorazgo, y que tenían la consideración de señoríos complementarios al ducado, fueron Deza, Cihuela, Somaén, Luzón, Enciso, Ágreda, Imón, Arbeteta…, así como los señoríos andaluces de Gibraleón y Huelva (luego ambos en poder de la Casa de Medina Sidonia).

Y sobre esa base territorial y señorial, con el tiempo el linaje fue amasando un inmenso patrimonio gracias a una hábil política matrimonial, que algunos parangonan «a lo Maximiliano de Austria», mediante la agregación de otras importantísimas Casas de la más alta nobleza española, portadoras de otros extensos estados y señoríos repartidos a lo largo y ancho de la Península Ibérica. Tan dilatados dominios gozaron del prestigio y de la lógica consideración de constituir un auténtico «estado dentro del Estado». De esta manera, los De la Cerda quedaron encumbrados en la cima del escalafón nobiliario como los más grandes entre todos los «Grandes de España», testimonio también del hecho de ostentar un envidiable status político y económico. Y por sus orígenes tan encumbrados, cualquier casa nobiliaria que se agregó a la de Medinaceli siempre quedaría relegada a un segundo orden en la jerarquía nobiliaria.

La primera en incorporarse a los Medinaceli fue la antigua Casa de los Adelantados Mayores de Andalucía, luego denominada de Alcalá de los Gazules, una agregación fraguada, en 1639, a través del enlace matrimonial contraído entre el VII Duque de Medinaceli, Antonio Juan Luis de la Cerda (1607-1671), con la heredera de esta Casa andaluza, Ana María Luisa Enríquez de Ribera y Portocarrero, quien a su vez transfirió el marquesado de Alcalá de la Alameda, en tierras onubenses, que ella también poseía. Un hijo de este matrimonio, el VIII Duque de Medinaceli y VI de Alcalá de los Gazules, Juan Francisco de la Cerda y Enríquez de Ribera (1637-1691), que llegó a asumir la dirección del gobierno de la Monarquía española en tiempos del rey Carlos II, fue el propiciador del gran ensanche de su Casa en la segunda mitad del siglo XVII. El cauce que lo hizo posible fue su matrimonio, en 1653, con Catalina Antonia de Aragón, primogénita de las importantes Casas de Denia-Lerma, Segorbe-Cardona y Comares. Un cúmulo de circunstancias a favor de esta señora posibilitó que, en la década de 1660-1670, doña Catalina se hiciera sucesivamente con todo el patrimonio de sus padres. Por ello, cuando el aludido Juan Francisco de la Cerda recibió en 1671 la Casa de Medinaceli, su mujer ya se había posesionado de las suyas con numerosos estados agregados. El heredero de tan cuantioso patrimonio, Luis Francisco de la Cerda Folc de Cardona y Aragón (1660-1711), IX Duque de Medinaceli, se convertía así en uno de los mayores magnates de su tiempo. Su elevada situación económica no le relegó del cumplimiento de importantes misiones en favor de la Monarquía, a lo que se dedicó por entero durante toda su vida. Y pese a los destacados servicios diplomáticos que prestó a la recién instaurada dinastía borbónica, fue declarado enemigo de la influencia francesa y, sometido a proceso en 1710, fue condenado a prisión, donde falleció en los primeros días del año siguiente.

Así, a partir de 1711, por extinción biológica de la rama troncal de la estirpe “De la Cerda”, la Casa Ducal de Medinaceli, con los numerosos títulos que ya tenía agregados en los albores del siglo XVIII, se transfirieron a la rama troncal de la dilatada familia de los Fernández de Córdoba, de la antigua Casa de Aguilar. Nuevas Casas y estados no tardaron en incorporársele. Tanto es así que el inmediato duque de Medinaceli-marqués de Priego, Luis Antonio Fernández de Córdoba-Figueroa (1704-1768), por su matrimonio en 1722 con la heredera de la Casa de Aytona, María Teresa de Moncada y Benavides, posibilitó la ampliación de su patrimonio con los estados catalanes, aragoneses y valencianos de estos Moncada. Un nieto de ellos, Luis María Fernández de Córdoba y Gonzaga (1749-1806), sería el forjador de la siguiente e importante agregación de estados a los Medinaceli, en el mismo siglo XVIII, a costa de los de la andaluza Casa Ducal de Santisteban del Puerto, Caudillos del reino de Jaén, también por vía matrimonial.  El enlace se produjo merced a las nupcias contraídas en 1764 con Joaquina María de Benavides y Pacheco, heredera de esta Casa andaluza y de los cuantiosos estados que llevaba anexos, muy repartidos, por cierto, por toda la geografía peninsular.

No volverían a tener los Medinaceli nuevos entronques que redundarán en importantes agregaciones patrimoniales hasta los años finales del siglo XIX y la centuria actual, cuando ya se había más que materializado el proceso de la desvinculación señorial. De estas últimas agregaciones, destacamos aquí la de la Casa de Camarasa. A tal punto llegó esa concentración de estados y dominios señoriales prolongada en el tiempo hasta el punto de que, sin alejarnos muchas generaciones, el XVII Duque Luis Jesús Fernández de Córdoba y Salabert (1880-1956) en pleno siglo XX podía atravesar la península Ibérica desde Tarifa hasta Bayona pasando una buena parte del trayecto por sus tierras, o que en el presente siglo la duquesa doña Victoria Eugenia Fernández de Córdoba y Fernández de Henestrosa (1917-2013) fuese la persona que más títulos de nobleza haya concentrado en su persona a lo largo de toda la historia de España.

Y en los Fernández de Córdoba ha permanecido casi tres siglos la Casa de Medinaceli pues, con la muerte en 2013 de la referida XVIII Duquesa de Medinaceli doña Victoria Eugenia, pasó a la Casa germánica de los príncipes de Hohenlohe-Langenburg con la sucesión de su nieto Marco Hohenlohe-Langenburg y Medina (1962-2016), recientemente fallecido en Sevilla. Hoy el título ducal permanece vacante, a la espera de la sucesión formal de su hija mayor Victoria Elisabeth von Hohenlohe-Langenburg.

Autor: Antonio Sánchez González

Bibliografía

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PAZ Y MÉLIA, Antonio, Series de los más importantes documentos del Archivo y Biblioteca del Excmo. Señor Duque de Medinaceli, Madrid, Archivo. Madrid, 1915, vol I y Biblioteca. Madrid, 1924, vol II.

SÁNCHEZ GONZÁLEZ, Antonio, Medinaceli y Colón, la otra alternativa del Descubrimiento, Madrid, Mapfre, 1995 (preferentemente pp. 13-71).