La Santa Cueva de Cádiz (1771-1796) es sin lugar a dudas uno de los espacios más singulares de la arquitectura religiosa de la España de finales del siglo XVIII, en la línea de grandes obras representativas de la época como el desconocido Camarín de Nuestra Señora del Rosario en Granada o el Sagrario de la parroquial matriz de Priego de Córdoba o Lucena, aunque albergan matices estéticos e ideológicos bien diferenciados.

Enclavado en la calle Rosario, en el corazón de la trama urbana del antiguo Cádiz intramuros, anexo a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, su arquitectura pasa inadvertida al viandante dada su vocación claramente civil en todo el exterior, que solo expresa su carácter mediante un pequeño retablo hornacina con una pintura de Nuestra Señora del Refugio de Franz Riedmayer (1796) y dos vitrinas de exvotos. Ha sido declarado Monumento Histórico-Artístico desde 1981.

Se trata de un oratorio singular, contiguo a la referida iglesia y compuesto asimismo por dos espacios bien diferenciados, en color, forma e incluso temperatura: la capilla alta del Santísimo Sacramento –ovalada y planta centralizada– y la capilla baja o de la Pasión –planta rectangular–, un espacio íntimo de recogimiento, casi ascético en composición que contrasta con la planta alta, elevada del la calle, por lo que la sensación que provoca en el receptor es, ante todo, de desorientación al entrar en un microcosmos espiritual, bien diferenciado del sentido barroco de sorpresa, aunque todavía latente en cierto modo. Podríamos decir, de un modo u otro, que la Santa Cueva es un claro ejemplo de la obra de “arte total”, en el sentido wagneriano de la palabra, ya que en ella radican expresiones modernas de todas las artes existentes: arquitectura, pintura, escultura, artes suntuarias con una destacada orfebrería, cristal de la Granja de San Ildefonso, ricas telas litúrgicas y demás ajuar propio de una capilla, piezas de arte efímero a modo de tramoya pintada para la festividad de Pentecostés y música. El sermón de las Siete Palabras de Joseph Haydn, una composición excepcional realizada para la propia inauguración del espacio, completa esta singularidad implícita en la Santa Cueva que ha llegado a nuestros días de manera intacta.

Este conjunto arquitectónico fue construido a petición de José Sáenz de Santamaría (1728-1804), sacerdote ilustrado afincado en Cádiz, en el que recaería años más tarde una inmensa fortuna en 1793 además  del título de II marqués de Valde-Íñigo, tras el fallecimiento de su tío en 1785 y el hijo primogénito de este. Sáenz de Santa María, de origen veracruzano y ascendencia riojana, se había instalado en la ciudad de Cádiz en la década de los cuarenta, dedicándose su familia a los negocios y al comercio en esta ciudad floreciente al Sur de Europa. Es aquí donde entrará en contacto con los jesuitas de Cádiz y se ordenará presbítero ya en 1761, con una profunda dedicación al ascetismo religioso en su más estricto sentido teológico, con voto de pobreza que era notorio en la época, siguiendo un nuevo comportamiento de religiosidad ilustrada que imperaba en las nuevas corrientes comandadas por el arzobispo y posterior cardenal Palafox.

Sin embargo, para una lógica comprensión de todo el conjunto es necesario remontarnos antes del patronazgo del marqués de Valde-Íñigo, en una historia, que oscila entre mito y leyenda, asociada a la creación de la Santa Cueva. Surge en 1730, a raíz de la reunión de un grupo de devotos creyentes que practicaban la oración y los ejercicios espirituales asociados a la Pasión de Cristo en una casa particular todos los jueves del año a partir de la medianoche, bajo el nombre de venerable cofradía de Disciplinantes de la Madre Antigua, una advocación posiblemente de raigambre peruana jesuítica como ha advertido la historiografía.

Las autoridades eclesiásticas recomendaron que tales reuniones, oraciones y ejercicios espirituales por más de tres horas, debían ejecutarse en el ámbito del espacio sagrado, por lo que comenzarían a reunirse en primera instancia en la iglesia auxiliar de El Rosario. A raíz del hallazgo de una cavidad en las reformas de los sótanos de la iglesia en 1756, que denominaron Santa Cueva comienza una nueva etapa para la creación tipológica que hoy podemos admirar. A partir de este momento se compra el solar anexo, en la que encontraba dicha oquedad, y será ya en 1771 a expensas del propio José  Sáenz de Santa María cuando al hacerse cargo de la dirección espiritual de la cofradía de disciplinantes se hagan las obras de construcción de la capilla.

La dirección de las obras correría a cargo del arquitecto gaditano Torcuato Cayón (1725-1783), suegro de Ventura Rodríguez (1717-1785) y maestro de las obras de reforma de la catedral de Cádiz. A su muerte, su ahijado y discípulo Torcuato Benjumeda (1757-1836), nacido en el Puerto de Santa María, sería el encargado de cerrar la magnificencia de la obra, principalmente en su segundo cuerpo, la capilla alta. La conclusión de la capilla alta fue en 1796, fecha en la que se bendijo.

En la fachada, con pilastras y frontón clásico, que apenas advierte la singularidad del conjunto. Escultores notables de origen genovés afincados en Cádiz como Juan Gandulfo (1743-1790) -en ocasiones Giovanni Gandolfo- y Jácome Vaccaro (c. 1734-1801) quienes realizarían el conjunto escultórico del Calvario situado en la cabecera de la Capilla baja, un Cristo flagelado a la Columna del taller de otro genovés establecido en Cádiz Francisco María Mayo (1705-1780), se suman a las producciones de otros artistas andaluces como el sevillano Juan de Campana con una Virgen con el Niño copia de Murillo, o el escultor masón Manuel González “El Granadino” (1765-1848), quien había trabajado con su padre en Jerez haciendo algunas esculturas. González hará la Virgen de la Soledad, el Buen Pastor y el Cristo nazareno existentes en la Santa Cueva, dos fórmulas iconográficas que remitían a la nueva religiosidad intimista que proponía la sociedad ilustrada gaditana.

Martínez de la Plaza, el obispo de Cádiz era de origen granadino, promotor entre otros artistas de la creación de la Escuela de Dibujo de la ciudad de Granada en 1777 y posiblemente por influencia del prelado, la familia de escultores Felipe González y su hijo Manuel pudieron trabajar tanto en la Santa Cueva como recibir encargos de la provincia gaditana de los que se tiene constancia en Jerez, aunque la historiografía sostiene que la incorporación a los bienes de la Santa Cueva y su ejecución es posterior a la bendición de la capilla. Por iniciativa de uno de los amigos íntimos de Goya en Cádiz, como el comerciante riojano Sebastián Martínez, con quien le unía una estrecha amistad y con quien se había alojado tras su enfermedad en otoño de 1792, se hospedará en Cádiz desde enero de 1793 hasta el inicio del verano, obtuvo el encargo del propio marqués de Valde-Íñigo para pintar tres obras para la capilla del Santísimo. Las pinturas fueron realizadas en Madrid en 1795 y que ya se encontraban en el momento de la inauguración de la capilla el 31 de marzo de 1796, acto al que asistió Goya. Se trata de tres lienzos en forma de luneto, La Santa CenaLa multiplicación de los panes y los pecesLa parábola de los convidados a las bodas, ejecutadas con el trazo suelto y expresivo tan característico del pintor aragonés, que sin embargo correspondía a un programa iconográfico interesante, que reforzaba el discurso eucarístico de todo el conjunto arquitectónico. A estos lienzos deben sumarse los otros de valor iconográfico y estilístico obra del castellonense José Camarón Meliá (1760-1819) La recogida del Maná y la obra del pintor de cámara madrileño Zacarías González Velázquez (1763-1834) Milagro de las Bodas de Caná, dos lienzos importantes ensombrecidos por la fama de las pintura de Goya pero de notable factura cromática y compositiva. La ornamentación rica y suntuosa de la Capilla alta se cierra con dos grandes altares, hechos en relieve de estuco, con escenas que aluden a milagros eucarísticos, en concreto a comuniones de santos asociados al culto del Santísimo Sacramento: San Luis Gonzaga recibe la primera Comunión y San Estanislao de Koska recibe la Comunión de manos de un ángel, ambas obras del escultor logroñés Cosme Velázquez (1757-1837).

Por todo ello, por su formulación tipológica y resolución estilística y decorativa es un conjunto simpar en la esfera andaluza y nacional que sobrecoge al espectador y genera la intimidad, y el recogimiento, la búsqueda introspectiva del ser, el sentido implícito de su construcción.

Autor: David Martín López

Bibliografía

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