En Andalucía durante el siglo XVI se produjo un considerable auge poblacional, aunque estando condicionado en su desarrollo por las diversas coyunturas y circunstancias que determinaron el ritmo evolutivo del territorio. De modo general aparecen tres grandes modelos de comportamiento temporal: en el primer tercio del siglo se produce la recuperación demográfica tras superarse los últimos ciclos de las epidemias medievales; el segundo periodo, situado en los años centrales, presenta con carácter global para la práctica totalidad de sitios un fuerte crecimiento poblacional; y en el último, que se corresponde con los tres últimos decenios, en los que se estabiliza el ritmo de crecimiento e incluso en diversas áreas -caso del Reino de Granada- las especiales circunstancias de la población de su territorio anunciaron la posterior decadencia.

El final de la Guerra de Granada (1481-1492), situado en el inicio del periodo, repercutió de modo decisivo en la reconfiguración espacial de la población. La dualidad hasta entonces existente entre la Andalucía de la montaña –perteneciente al Reino de Granada- frente a la del llano  -vertebrada por el río Guadalquivir y formada por los restantes reinos de Jaén, Córdoba y Sevilla-, dio paso a una serie de movimientos poblacionales que caracterizaron la nivelación entre el Oriente y Occidente andaluz. El final de la larga contienda, por la que se movilizó a una ingente cantidad de recursos humanos, significó la pérdida de una importante población de los musulmanes vencidos, pues pudieron salir -en inicio sin traba- del que hasta entonces fue su territorio, generándose así una pérdida demográfica que continuó durante años y siendo acelerada por sucesos como el levantamiento mudéjar de 1499-1501. Las cifras de tal regresión, mantenida hasta bien entrado el siglo XVI, se pueden calcular de modo global en un número de 100.000 emigrantes, mientras que se pueden estimar entre 150.000 y 200.000 los habitantes de origen musulmán (primero mudéjares y luego convertidos a moriscos) que permanecieron en el Reino de Granada. En sentido inverso, de llegada, surge pronto la repoblación cristiana de las zonas evacuadas al instalarse colonos en ciudades como Ronda, Marbella, Setenil o El Burgo, más aún en las grandes ciudades de Granada y Málaga; mientras que la población autóctona permaneció de modo preferente en las serranías de la Axarquía o las Alpujarras y en su mayor número en el territorio del Levante del Reino. Los inmigrantes que se establecieron entre finales del siglo XV e inicios del XVI en el territorio granadino se sitúan entre 35.000 y 45.000 personas, de ellas son mayoría los andaluces procedentes de Sevilla, Córdoba y Jaén, pues representan a más de la mitad de los llegados, seguidos de extremeños y castellanoleoneses. Sin embargo, frente a la idílica imagen de prosperidad del Reino de Granada, este no cumplió para muchos las expectativas y no fue la tierra de promisión esperada. Por añadido, a las dificultades de instalación, su actuación estaría sujeta al férreo control de un sistema colonizador dirigido por la Corona que tendría su continuidad: la primera repoblación surgió de la guerra y conquista, pero no sería la última del siglo pues le seguiría en la postrimería de la centuria la desarrollada por Felipe II que tendría un marcado carácter defensivo tras la crisis final del morisco.

Con la incorporación del Reino de Granada a la Corona de Castilla también sucedió la repoblación de la hasta entonces frontera existente con Andalucía, naciendo nuevos pueblos con el fin de aprovechar las ricas y extensas tierras abandonadas hasta ese momento por la permanente inseguridad.  De ella surgen entre otros los núcleos de Campillo, Villamartín, Ardales o la Puebla de Cazalla, y es también el caso de la reactivación de la ciudad de Antequera, hasta entonces una plaza defensiva de armas fronterizas, convertida ya en un importante eje comercial y nudo central de comunicaciones. En igual sentido hubo fundaciones en el interior de los reinos de Córdoba y Sevilla por iniciativa de señores que querían revalorizar sus tierras. El protagonismo de tal actuación corresponde a los duques de Medina Sidonia, que en sus dominios crearon los sitios de Villarrasa, Valverde del Camino, Puebla de Guzmán y San Juan del Puerto; como también sucede con la Puebla de Cazalla, fundada por el conde de Ureña en 1501.

La fuerza poblacional, más acusada en la Andalucía Occidental, explica tal capacidad de expansión por el mayor número de sus habitantes y su ritmo de crecimiento. Incluso superando a otras perdidas demográficas, como es el caso de la salida ocasionada por la emigración a Indias, decisiva para la Andalucía del Guadalquivir por convertirse la Sevilla del periodo en el punto de partida y entrada de América. Con imprecisión en la cifra se puede conjeturar que unos 150.000 españoles atravesaron el Atlántico durante el siglo XVI, de ellos la tercera parte –unos 40.000- serían los andaluces en su mayoría procedentes de la Baja Andalucía.

Frente a la imagen de ser una tierra de concentración mayoritaria del hábitat agrario, Andalucía se define por el peso de sus ciudades. Alcanza así la mayor tasa de urbanización de toda Castilla, pues en ella existen -según censo de 1591- 47 de las 100 ciudades con más de 5.000 habitantes de fines del XVI. Todo ello determina un modelo: las viejas urbes medievales, ceñidas hasta entonces por murallas, desbordaron sus límites y crecieron extramuros por la desmesurada expansión poblacional; destacando dos núcleos de alta concentración urbana: Sevilla y Granada, que representan las grandes urbes de Castilla. La ciudad hispalense, en una etapa de esplendor de su historia, se convierte en puente entre Europa y el Nuevo Mundo, llena de gentes de la más diversa procedencia, y llega a alcanzar a fines del XVI la fabulosa cifra de los 120.000 habitantes convertida en la mayor ciudad de la Península Ibérica. En ella circulaba el oro y la plata; convivían judíos conversos, cristianos viejos, moriscos, esclavos, nobles, clérigos y plebeyos… pero también, tras la opulencia, hubo de sufrir la miseria con sus numerosos expósitos, pícaros, rameras y ladrones; con el castigo de epidemias, inundaciones y hambrunas. Por su parte Granada, la ciudad extraordinariamente premiada por el poder (con voto en Corte, Chancillería, Panteón Real, Capitanía, palacio para un Emperador, etcétera) al contrario que Sevilla verá reducida su población, y si tras su conquista alcanzó la cifra de los 100.000 habitantes -representando por entonces la primera ciudad hispana-, en la segunda mitad de siglo ya no alcanza los 60.000, e incluso acentúa su regresión en los últimos años en un anuncio de su posterior crisis demográfica.

Dichas ciudades se unen con otras de también un gran peso poblacional: Córdoba con 40.000 habitantes, Jerez de la Frontera con 27.000; o bien Jaén y su Reino con las importantes ciudades del Renacimiento de Úbeda y Baeza. En todas ellas se superan los 20.000 pobladores, e incluso las elevada cifras se alcanzan en las importantes agrovillas de Écija, Osuna, Estepa o Utrera que, con más de 10.000 almas en cada una, podían también ser consideradas en el aspecto demográfico como ciudades.

El resultado fue la densa concentración del hábitat poblacional en las ciudades del eje central de Andalucía, frente al menor reparto en el litoral, un sitio donde tan sólo destacarían los asientos de Málaga y Vélez-Málaga y, de modo mucho más tardío, la presencia de Cádiz. Hacia 1591, pasado ya el momento de mayor vitalidad, pero antes de entrar en la fuerte regresión del XVII, Andalucía contaba con un conjunto poblacional próximo a 1.200.000 habitantes, en un reino de Castilla de 6.000.000 de personas y unos efectivos peninsulares totales cifrados en 7.200.000 almas. Proporcionalmente, el peso demográfico andaluz era un 20,5 % de Castilla y sobre el 18% del conjunto peninsular.

Pero la vitalidad demográfica no obvia la existencia de factores adversos, y en el periodo, aunque de modo intermitente, se dieron diversas circunstancias negativas. En los primeros años surgen los problemas de producción, con desabastecimientos y hambrunas, desembocando en la epidemia de 1507-1508 que actuó con cierta extensión geográfica, afectando a diversas zonas y estando considerada por sus características como la “última peste medieval andaluza”. Ante tal situación se alzaron diversos hospitales en ciudades como Córdoba, Sevilla y Granada. Renglón seguido, sin apenas tiempo de recuperación, vuelve a sufrirse el desgaste poblacional por la carencia alimentaria que genera en los años 1521-1522 una segunda epidemia también de graves consecuencias para dichas ciudades de Sevilla y Córdoba. A partir de ahí se abre a mediados de siglo el auge poblacional sostenido por la elevada tasa de natalidad, con un crecimiento anual acumulativo del 1%, junto al retroceso general de la mortalidad catastrófica. Por el contrario, la segunda mitad de siglo repetiría los problemas, extendiéndose las epidemias en 1564 y 1583, cerrando la centuria la aparición de la gran “Peste Atlántica” que ya baja desde Castilla.

Se le unieron otros elementos, más característicos de determinadas zonas, que también actuaron sobre la población. Es el caso de los terremotos, especialmente activos en la zona Oriental, con un buen ejemplo en 1518 por los reiterados sismos de aquel año que afectan a un amplio territorio almeriense (Cantoria, Huércal-Overa, Albox, Lubrín y a la propia capital), pero asolando en especial la localidad de Vera. El hecho no fue puntual, pues se reproducen el número de temblores a lo largo del siglo XVI que causan una alarma sostenida sobre la población. Sin duda el emplazamiento fue determinante, puesto que también afectó a la población la inseguridad de la vida en la costa con un total de sesenta y cinco ataques berberiscos al Reino de Granada entre 1501 y 1574. Algunos tan espectaculares como el de 1573, que llega causar una matanza y el secuestro de más de 200 personas de la villa de Cuevas de Almanzora.

La cuestión morisca, otro hecho peculiar para Andalucía, provocó el máximo conflicto político y social de graves consecuencias demográficas. Las dos comunidades establecidas en la Andalucía Oriental: la mudéjar, transformada en morisca, y la cristiana vieja, actuaban con señaladas diferencias religiosas y culturales en un único espacio de coexistencia. Una como vencedora, y otra vencida, se repartieron los papeles del predominio cristiano y la sumisión musulmana en una forzada unión que no pudo evitar los problemas que arrastraron en último término a la confrontación. Poblacionalmente los moriscos se concentraban en el hábitat rural y en la montaña, predominando en el Este del Reino, mientras que los cristianos preferentemente ocupaban el mundo urbano y el llano, con una mayor densidad el Oeste del territorio. Además los primeros eran numéricamente superiores, pues en la segunda mitad de la centuria (1561) aún eran censados 164.376 moriscos, frente a 127.606 cristianos viejos. La creciente tensión, anunciada por un deterioro en las condiciones de los moriscos y una mayor presión sobre ellos, estallaría en diciembre de 1568 con la llamada Guerra de las Alpujarras, no ceñida en la lucha a ese único espacio geográfico, en la que se abrió una dura contienda de más de dos años de duración. En 1570, tras el final de guerra, los moriscos que sobrevivieron fueron deportados hacia otros lugares de la Corona de Castilla, especialmente a la Andalucía Occidental y las dos Castillas. La guerra y, en especial, el exilio forzoso, hicieron que el Reino de Granada perdiera a más de 100.000 habitantes, significando un tercio aproximado de la población total y, si bien es cierto que algunos permanecieron por diversos mecanismos, el balance global fue una pérdida poblacional que significó para Granada una sangría de la que tardó mucho tiempo en recuperarse.

Tras el levantamiento se puso en práctica un mecanismo repoblador, controlado desde el poder, pero el esfuerzo por la reconstrucción del vacío demográfico resultó ser claramente insuficiente. En el año de 1574 se habrían logrado atraer a poco más de 13.000 familias, unas 50.000 personas, a repartir entre los 258 pueblos afectados por la expulsión. No alcanzando así a la mitad de los ausentes, aumentando el fracaso de la empresa la inadaptación de los repobladores al territorio, junto a otros múltiples problemas que motivaron el abandono de muchos de los emplazamientos.

Autor: Francisco Sánchez-Montes González


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