La Capilla Real de Granada es una obra de indudable relevancia dentro del patrimonio español; no solo se levantó en un momento histórico clave de la historia de la península- y con unas evidentes intenciones simbólicas-, sino que además se hizo en un periodo de gran promoción artística en el que se empieza a apreciar un cambio de mentalidad: del arte gótico al arte renacentista, entendiendo estas etiquetas como una forma sencilla de explicar las novedades que aquí se introducen.

Anexa a la catedral de Granada, se construye nuestra capilla por voluntad expresa en el testamento de la reina Isabel I de Castilla para funcionar como panteón regio. El arquitecto principal a quién se encarga esta empresa es Enrique Egas, trabajando en su construcción entre los años 1505 y 1517. De no ser por él, y dada la gran solemnidad interior que perseguían los Reyes Católicos, estaríamos ante un templo más austero y angosto.

Nos encontramos en un espacio emblemático: Un mausoleo real en la joya de la corona, una Granada recién conquistada. Por ello, el programa iconográfico y decorativo fue de vital importancia, con especial insistencia en los escudos reales y en las inscripciones góticas laudatorias situadas en todo el perímetro; acabado el conjunto en un gótico isabelino que difiere mucho del estilo de su ornamentación mobiliaria.

Es importante destacar que no podemos entender adecuadamente este retablo sin hablar del resto de obras con las que comparte espacio. Entre ellas, las piezas más llamativas son los dos pares de sepulcros de Isabel y Fernando (por Domenico Fancelli) y de Juana I de Castilla y Felipe el Hermoso (por Bartolomé Ordoñez). En estos túmulos, acabados en un impoluto mármol blanco, se introduce con decisión el renacimiento italiano en la ciudad de Granada, tomando como modelo la tumba de Sixto IV de Antonio de Pollaiuolo.

Preludiando nuestro retablo del altar mayor se sitúa una reja que compite en dimensiones y espectacularidad. Esta, realizada por el Maestro Bartolomé de Jaén, se concibe en sí misma como un retablo dotado de un propio programa iconográfico, dentro del que destacan los elementos grutescos, el calvario que la corona y, especialmente, el escudo inscrito en un águila bicéfala en el centro visual de la composición. Con ella, se separa el espacio de tránsito de la capilla del témenos sagrado en el que descansan los miembros de la familia real más poderosa existente en el momento.

Presidiendo este lugar sagrado, aunque quizás un poco ahogado por todos los elementos que lo rodean, encontramos un magnífico retablo habitualmente denominado como el Retablo de los Santos Juanes, personajes que inspiran parte de las escenas representadas en sus hornacinas. Es difícil determinar qué manos intervinieron en su construcción, pero la gran mayoría de autores llegan al consenso de que la figura más importante fue la del borgoñón Felipe de Bigarny (hacia 1470-1542), encargándose de la traza y controlando la calidad del trabajo realizado por todos los miembros de su taller.

Si bien es cierto, en el mismo año y ciudad en el que parece que se contrató la pieza, 1519 en Zaragoza, vemos como Alonso de Berruguete y Felipe de Bigarny declaran ante escribano que van a comenzar a trabajar en mancomunidad, repartiéndose encargos y beneficios- probablemente para hacer frente al potente dúo que habían conformado Diego de Siloé y Bartolomé Ordoñez. Cabe pensar que la concepción monumental de Alonso de Berruguete pudo tener un peso importante en el trazado y proporciones finales de los conjuntos escultóricos; pero debemos ser prudentes y ver a Felipe Bigarny como el maestro bajo cuyo criterio se debió realizar la obra final. Una tendencia muy común es la de considerar al escultor borgoñón, más rígido y medievalizante, como incapaz de llegar a las soluciones aquí mostradas; creyendo necesaria la actuación de otro escultor de espíritu renovado que muchos identifican como el mencionado Berruguete.

Sea como fuere, tenemos documentada la presencia de Felipe de Bigarny en Granada en torno al año 1521, a donde se trasladaría para culminar el contrato previamente cerrado. Con él vendría, con toda seguridad, uno de los oficiales más aventajados de su taller, Jerónimo Ordoñez. Además, de las labores de policromía probablemente se encargarían Antón de Plasencia y Alonso de Salamanca.

Aunque quizás estamos ante la obra mueble de la capilla que presenta una actitud gótica más preponderante, el nuevo arte humanista se deja ver en la actitud, dimensiones y corporeidad de las escenas escultóricas, como en el martirio de San Juan Bautista. Otras escenas ayudan a explicitar ese complejo programa iconográfico de la capilla: Los Reyes Católicos con el ejército cristiano, la entrega de las llaves del Rey Boabdil, y el bautismo de los moriscos y las moriscas. Además, la estructura arquitectónica presenta una renovada ordenación clásica, usándose columnas, frontones, frisos y otros elementos que se aderezan con una profusión de motivos grutescos.

Este retablo tendría a sus pies dos esculturas orantes de los Reyes Católicos realizadas por el Maestro Bigarny, sustituidas posteriormente por un par similar atribuido a Diego de  Siloé. Las obras originales, pese a haber visto alterada su policromía en el siglo XVII, se conservan en la sacristía de la misma catedral.

Muy interesante para nosotros resulta la exhaustiva restauración realizada sobre el retablo entre los años 1998 y 2000. Esta intervención sirvió al Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico para desarrollar un importante estudio metodológico que sirviese de orientación a la hora de restaurar un tipo de bien tan complejo y diverso como son los retablos. Con ella, recuperamos una visión renovada sobre el mismo, saliendo de nuevo a luz sus primitivos colores.

A este conjunto renacentista se suman dos retablos-relicarios del siglo XVII cuyos autores fueron Díaz de Ribero (tracista) y Alonso de Mena (escultor), colocados en los laterales del presbiterio, y otra gran cantidad de obras de arte de carácter diverso.

Conectando estos elementos, parece que en este lugar de la capilla se aprecia una teatralización del espacio sagrado desde esa tupida y profusamente decorada verja de entrada, que anuncia el inicio de un lugar privilegiado, a la aparición de narrativos retablos dorados –siendo el de Bigarny el protagonista- que rodean los túmulos reales. Esta combinación de elementos configura un ambiente propicio para la oración, algo que se potenciaría en las ceremonias, y para la admiración de las personas que aquí descansan.

En definitiva, esta valiosa pieza está situada en un enclave que testificó el proceso evolutivo y estético al que se asistía en estos siglos, pasando de un arte relacionado con la Edad Media a las nuevas formas humanistas de la Edad Moderna. No podía faltar en este cambio la figura de Felipe de Bigarny, ya alabado en su momento por dos eruditos de la talla de Diego de Sagredo o Pedro Mejía como el mejor escultor activo en España. Así, su contribución fue una obra a la que quizás se le puede achacar una calidad desigual, pero que supuso un aporte necesario y significativo dentro de este gran periodo de transición.

Autor: Rafael Molina Martín

Bibliografía

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