El maestro Bartolomé de Salamanca, conocido en la historiografía del arte bajo el toponímico jiennense, es uno de los más maestros más laureados de la rejería española de todos los siglos, que supo conjugar las particularidades propias de su artesanía con los principios estéticos y formales del arte de su tiempo, dotando a sus obras de una singularidad artística sin precedentes.

Nombre propio de la Historia del Arte español encarna Bartolomé el Maestro, como lo recoge Ceán Bermúdez en su célebre diccionario, la transición de la rejería gótica a la renacentista, asumiendo los principios plásticos de su maestro y sus predecesores, como fray Francisco de Salamanca, y creando escuela desde que se asentó en Andalucía, donde dejó el grueso de su obra.

Coetáneo de Diego de Siloé, Bartolomé Ordóñez, Andrés de Vandelvira, Jerónimo Quijano, Luis de Aguilar o Juan de Reolid, con quienes estuvo próximos en su vida, de su biografía se conoce poco. Domínguez Cubero, en su tesis sobre rejería, sitúa su nacimiento en la ciudad de Salamanca en 1490, posiblemente en el seno de una familia de conversos, y formándose junto a fray Francisco de Salamanca, con quien trabajó en los encargos que recibió por la universidad salmantina (1503) o más tarde en la Casa de las Conchas. Los conceptos estilísticos, igualmente, lo han hecho próximo a la influencia de los maestros Juan y Pedro Delgado o de Esteban de Buenmadre.

En 1510 obtuvo el grado de maestro, lo que le permitió abrir su propio taller, recibiendo el encargo del obispo Alonso Suárez de la Fuente del Sauce para realizar diversos trabajos en la antigua Catedral de Jaén (1512-1514), como la reja coral, la vía sacra, el tenebrario o el cerramiento de la capilla de los Valdotano, donde recibió sepultura el prelado y su familia. En 1512 empezó a contar con importantes encargos para diferentes fundaciones pías de aristócratas andaluces, como el marqués de Tendilla, para el presbiterio de Santa María de la Alhambra (Granada, 1512), hoy perdida; o el conde de Cabra, para la capilla familiar en la parroquia de san Bartolomé (Baeza, 1513).

Instalado ya en la ciudad de Jaén, incorporó a su taller a sus sobrinos Juan Rodríguez de Salamanca y Bartolomé Rodríguez, hijos de su hermana María Gómez, quienes mantuvieron el nivel cualitativo del taller en la senectud del maestro. En 1512, según consta en el epistolario de Iñigo López de Mendoza, conde de Tendilla, el alcaide de la Alhambra requirió de su pericia para el cerramiento del presbiterio de la parroquia del recinto nazarí, lo que permitió a su vez iniciar la negociación, según Domínguez Cubero, para las obras de rejería de la Capilla Real:

«Di al Rey nuestro señor que en Jaen haze agora una rexa a la iglesia, la más gentil que dizen que puede ser; y este maestro que la haze es muy buen onbre, allende de ser muy buen oficial. Yo le rogué que hiziese una muestra para la Capilla Real, y hízola: sy tal se haze de hierro no ha menester retablo. Sy manda su alteza que vaya allá el maestro, irá con el debuxo, y es muy convenible. El señor Cardenal [Cisneros] le conoce; mejor es que el fraile, aunque fue su disçipulo».

Quizá sea este el más monumental de sus trabajos y que, por fortuna, se ha mantenido íntegramente hasta nuestros días. Una gran reja que cubre la luz de la nave de la Capilla Real, delimitando ésta con el transepto, y cuya magnificencia no sólo se debe a sus proporciones sino al trabajo realizado, incorporando gráciles imágenes del colegio apostólico en las pilastras del segundo y tercer piso, por gran panoplia central, en filigrana, con motivos heráldicos y un repertorio decorativo del más puro renacimiento; sin olvidar el remate, a modo de ático, con las representaciones de la pasión, muerte y resurrección de Cristo así como el martirio de los santos Juanes, para concluir con un friso de filigrana con motivos vegetales y un majestuoso calvario.

En este trabajo, como apuntan todos los autores, se expresa de forma clarividente la evolución de la rejería hacia los presupuestos estéticos del Renacimiento, una ruptura definitiva de la concepción goticista que había sobrevivido en pos del tratamiento plástico del Quinientos, con la incorporación del repertorio decorativo propio «del romano» y, esencialmente, del tratamiento y entidad arquitectónica para el arte de la rejería. Esto es lo que convierte, pues, a Bartolomé de Jaén no sólo en un excepcional maestro en el manejo sino en la inflexión que supone su figura y su taller en el arte férrico español, haciendo confluir tradición y vanguardia y aportando singularidad a sus piezas, especialmente con el trabajo escultórico de algunos de sus trabajos, que deja ver el sentido e interinfluencia de los artistas del Renacimiento.

Autor: David García Trigueros

Bibliografía

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