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Paisajes correlativos, cine y urbanizaciones cerradas

Liliana López-Levi 25 Enero, 2017

Las urbanizaciones cerradas [i] son una de las expresiones más contundentes de la segregación urbana que caracteriza la ciudad capitalista contemporánea. Se trata de conjuntos de casas con controles de acceso, rodeados por bardas perimetrales y calles privadas. Con base en su aislamiento, ofrecen seguridad, distinción, exclusividad, armonía con la naturaleza, una vida comunitaria placentera y la posibilidad de pertenencia a un grupo residencial selecto. Se asume que el encierro facilita el orden, la belleza y el control del lugar y que el barrio resultante no tiene las desventajas de la ciudad abierta. Entre sus elementos emblemáticos, suelen tener bardas perimetrales, muros y alambradas, personal de vigilancia, casetas y plumas. En algunos casos la seguridad se fortalece con rejas eléctricas, cámaras de seguridad, rondines internos, alarmas y controles de ingreso; así como elementos arquitectónicos que los unifican y los distinguen de las colonias vecinas, para mostrar una imagen interna uniforme. En este esquema se agrupa una gran diversidad de conjuntos habitacionales. Son heterogéneos en cuanto a su fisonomía y tamaño, en cuanto a los grupos socioeconómicos que los habitan, a las formas de organización, a los estilos arquitectónicos y a los servicios incorporados. Sin embargo, tienen en común el hecho de que privatizan el espacio público y que, en términos generales, tienen una gestión interna que no comparten con el resto de los ciudadanos. Los muros que marcan el encierro son físicos y simbólicos.

Si bien se manifiestan materialmente a través de alambradas, rejas, bardas o estructuras de concreto y ladrillo, también se expresan en otras formas intangibles, como el lenguaje verbal y corporal de sus residentes, los gestos, las costumbres, el aspecto físico o la ropa. Estas barreras también pueden hacerse presentes a través del lujo arquitectónico, de elementos decorativos de difícil acceso, mediante el orden y el control aparente, el manejo de los espacios, la presencia de cámaras de seguridad o de los mismos vigilantes. En la actualidad, el modelo gira en torno a una serie de valores, entre los que destaca la familia como elemento central de la vida urbana, así como el acceso a la comodidad, el estatus, el confort, la seguridad, la armonía social y la posibilidad de disfrutar la naturaleza; en otras palabras, en el deseo de vivir con distinción, en la necesidad de proteger el patrimonio, así como en la sensación de vulnerabilidad frente al crimen, el vandalismo y los comportamientos sociales inadecuados. Estos factores impulsan, convencen, generan la necesidad y mueven a individuos, familias y grupos domésticos a vivir en casas que se encuentran dentro de urbanizaciones cerradas. Los fraccionamientos cerrados son producto de un esquema promovido por los poderes fácticos en una sociedad capitalista, donde el sector inmobiliario tiene un lugar privilegiado. Culturalmente se sostienen en el manejo que, en el marco de la sociedad de consumo, se hace actualmente del deseo y del miedo. A partir de lo anterior, se ha desarrollado la idea de que el estilo de vida, la clase, el prestigio, la seguridad y la naturaleza son elementos valiosos al considerar un contexto habitacional.

Si bien las urbanizaciones cerradas se han extendido en sectores sociales que van desde las elites hasta las clases medias y medias bajas, en el cine, el análisis se ha centrado en la representación de conjuntos habitacionales pertenecientes a las clases altas.

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La Zona, de Roberto Plá (2007), y Las viudas de los jueves, de Marcelo Pyñeiro (2009), las dos películas analizadas en el texto

El sentido de la urbanización cerrada, representada por la cinematografía, está en la dinámica entre los elementos que conforman los bloques sémicos de la narración. Dichos elementos caracterizan y critican a los espacios residenciales de muchas ciudades capitalistas actuales. Existe una correspondencia tal entre los elementos y sus relaciones de oposición, que la película devela las contradicciones intrínsecas del sistema y con base en ello puede ser entendida como equivalente a un modelo científico. Sin embargo, cabe reconocer que mientras desde el ámbito académico, se generaliza a partir de la información proveniente de casos concretos, en el caso del arte se particulariza a partir de los patrones identificados desde las ciencias sociales. La realidad social de la que se nutren las disciplinas sociales y el arte es la misma, por lo que considero que los vínculos de comunicación entre estas dos formas de representar el mundo pueden fortalecer mucho el análisis social.

Por medio del paisaje correlativo [ii], la narración cinematográfica transmite de una forma efectiva el discurso crítico hacia las urbanizaciones cerradas, pues la manera en que se construye la reflexión del modelo de gestión y ciudadanía al interior se encuentra fuertemente apoyada por el manejo simbólico del espacio representado.

En el caso concreto aquí presentado, la metodología de análisis que parte de identificar la estructura semionarrativa y su paisaje correlativo ayudó a señalar las inconsistencias de un mercado inmobiliario dominante en la ciudad capitalista de principios del siglo XXI. Sin embargo, a diferencia de los planteamientos de Trevor Barnes y James Duncan [iii] de leer el paisaje geográfico como texto, en el presente trabajo se hizo a la inversa, es decir, se analizó el paisaje cinematográfico como espacio social.

Finalmente considero que si las películas analizadas tienen sentido, es porque reproducen espacios urbanos que todos conocemos; si nos consternan es porque reflejan la sociedad de consumo a la cual pertenece el público espectador; si generan inquietud es porque hacen evidentes las contradicciones existentes y porque cuestionan de qué lado del muro está la inseguridad.

En el análisis semiótico es importante reconocer la existencia de múltiples interpretaciones; entender que el sentido se produce y se recibe dependiendo de los sujetos. Pero no podemos dejar de partir del hecho de que estas películas han sido creadas y exhibidas en el marco de una sociedad a la cual le son familiares las urbanizaciones cerradas. La expulsión del paraíso, en la cual terminan ambas, se produce en tiempos donde los créditos vencidos, las hipotecas impagables, el desempleo y otros problemas sociales son la manifestación de la pérdida de los mundos que promete la publicidad y que la lógica del capital incumple. El contexto actual, posterior al desencanto producido por la crisis inmobiliaria de 2008, facilita la posibilidad de entender las contradicciones señaladas por el sector académico, y representadas en forma tan convincente desde el ámbito cinematográfico.

El mundo representado, ya sea al interior del modelo artístico o científico, va más allá de la realidad material de un caso concreto. Estatus, confort, seguridad y armonía son elementos centrales de las urbanizaciones cerradas. Su paisaje material y atmósfera entran y entrarán en una dinámica de oposición mientras el ser humano siga siendo ser humano.


Publicado originalmente en URBS 2(2), número especial sobre Arte, ciudad y territorio.


[i] Dependiendo del idioma, el lugar y los autores son también denominadas gated communities, fraccionamientos cerrados, ‘condominios fechados’, barrios privados, barrios fortificados, countries, barrios blindados y vecindarios defensivos.

[ii] Elliot, T.S. (1920). Hamlet. Publicado por la Poetry Foundation. Recuperado el 23 de mayo de 2012, de http://www.poetryfoundation.org/learning/essay/237866

[iii] Barnes, Trevor; y Duncan, James (eds.) (1992). Writing Worlds. New York and London: Routledge.

La imagen de portada es Gated Community by Weidner via Flickr

Condominio Cerejeira by UIrich Peters via Flickr

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About The Author

Liliana López-Levi

Geógrafa. Profesora-Investigadora del Departamento de Política y Cultura de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco en la Ciudad de México. Trabaja temas de espacio urbano y cultura, en particular sobre imaginarios y territorios

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