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Estampida

Guillermo Aguirre Martínez 11 marzo, 2021

Había paseado largo y así continuaría hasta que mis piernas se quebrasen. Eso o pegarme un tiro, pensé; “eso o pegarte un tiro”, dije en alta voz mirando con rabia a los ojos del tullido transeúnte que pasó casi rozándome. Los odiaba a todos, los odiaba a todos. Entré en la iglesia. La decisión no fue ni mucho menos meditada, simplemente volví el rostro, vi una cruz o eso creí, y entré sin más. Ni siquiera sabía la confesión de la parroquia, aunque en modo alguno me importaba. Simplemente la vi, subí los escalones, avancé por la nave y me postré de rodillas dejándome caer como un saco en el primer banco que vi. Los seguía odiando.

Y los odiaba aún cuando a los pocos minutos escapé de aquel lugar con los pantalones ya sucios y sin quedar convencido de haber rogado por quien debía hacerlo. Chorreaba sangre, exudaba hedor, y creo que eso era algo que los pocos viandantes que por mi acera transitaban percibían de inmediato pues, una vez era advertido, no daban tres pasos sin tomar la primera escapatoria por dificultosa que fuese, sorteando si resultaba preciso la fila de vehículos bien o mal aparcados, de modo que si giraba la cabeza distinguía algo así como una diezmada columna de zigzagueantes hormigas, el curso de un sucio riachuelo abriéndose paso por la otra orilla de la calle.

Los seguía odiando y los odié aún más cuando ninguno de ellos se dio la vuelta tras mi desaforado grito; doblé luego la esquina y marché hacia el parque aunque ni por asomo pasearía por él, ni por asomo. Me repelían los parques, con sus niños y mendigos, y con los padres quizás, y con los padres seguro, los padres de todos aquellos niños, la mayor escoria de la humanidad, velando día y noche por que sus criaturas no se matasen o por que creciesen sanas y acabasen desollando a sus compañeros de escuela, como ellos habían hecho, como ellos se empeñaban en ilustrar poniendo sus manos sobre el cuello de otros padres mientras los niños jugaban o tal vez simplemente se aburrían. Luego dejaban caer sus cuerpos sobre la arena, y meaban y echaban tierra encima antes de coger a sus hijos de la mano, llevarlos a la parroquia y, ya de regreso a casa, encerrarlos en su habitación hasta la hora del almuerzo… y esperar y seguir esperando asqueados y conmovidos mientras sus sucios bastardos aprendían a masturbarse como monos, como lo que realmente eran, como repugnantes monos.

Por eso los mataría. O no exactamente por eso, sino por algún motivo cualquiera si me prestasen un arma o unas manos o simplemente tuviese la suerte de que un padre y un hijo corriesen delante de mí próximos a la calzada. Sí, bastaría entonces con elevar la pierna diez, veinte centímetros, a la altura de sus espinillas, para que fuesen a parar bajo las ruedas de un autobús. Y luego a disimular, a echarse las manos a la cabeza e incluso correr a prestar ayuda. Eso es, bastaría con abalanzarse sobre esas ruedas ya detenidas y gritar con cierto aplomo: “¡nada que hacer!, ¡han reventado!”. O si sonase embustero, o si sonase hasta impúdico, exclamar: “¡qué horror; miren, padre e hijo, aún de la mano, tristemente reventados!”. Pero fíjense, sopesaría en silencio, fíjense, todavía de la mano. Ya lo quisiésemos muchos, ya lo quisieran ustedes, morir así despanzurrados pero bien sujetos por un ser querido o aborrecido, por un alguien, a fin de cuentas, con quien atravesar el río de la muerte si es que lo hemos de atravesar. Lo cierto es que me giré por ver si había fortuna, por comprobar si un padre, con su hijo, o tal vez con su padre, un padre y un hijo en cualquier caso, corrían presurosos hacia mí, pero no hubo tal suerte y continué calle arriba bordeando aquel parque.

En ello estaba cuando un indigente, sin moverse del banco donde semidormido sollozaba, me pidió fuego. Le di dos ramillas recogidas de la acera. Me escupió o yo a él; después me contó lo infeliz que era y la razón por la que había acabado durmiendo en ese banco. Su historia me incomodó y así se lo hice saber, pero no deseaba agredirlo; esto también se lo confesé y se marchó indiferente, es decir, se puso en pie y se alejó con las dos ramillas en la mano mientras se esmeraba en frotarlas. Al poco, tras haber caminado lo justo como para quedar fuera de su vista pero no él de la mía, comprobé que había logrado hacer fuego así como un cromañón, y ahora el parque ardía alegremente con todos sus niños dentro y acaso también con los padres, si es que no habían corrido ya hacia la acera de enfrente para ver mejor la escena. Uno, eso seguro, uno de pelo cano y mirada igualmente cana, así lo había hecho.

No hubo tiempo para fijarse en nimiedades, o si lo hubo pronto se disolvió cuando una manada de búfalos o bisontes o qué sé yo qué inundó de súbito la avenida. El estruendo fue tal que ya no se distinguió otra cosa que la manada y su enfebrecida carrera calle abajo, saltando por encima de los niños y del mendigo, ahora ya chamuscados, saltando por encima del hombre de ojos grises y de los pocos idólatras que abandonaban la iglesia después de mucho rogarle a otro viejo de pelo asimismo gris el poder gozar de un buen día y hasta de una oportuna muerte. ¿Queréis un buen día? Ahí lo tenéis: angelitos al cielo.

Pasaron por encima de todo y de todos, pasaron por encima de ellos mismos, los búfalos, y no todos gozaban de la misma fortuna, y ya no se oyó otra cosa que: “es el tío con los cojones más grandes de este país”, y no supe de dónde había llegado ese grito, quizás de lo alto, quizás de Dios o del hombre de ojos grises o de algún niño reprochándole a su padre el no tener los huevos tan grandes como ése a quien iba dirigido el halago aunque yo no pude verlo. Me alcé entonces de puntillas y sorprendido observé que entre la manada cabalgaba, más salvajemente que ninguno, Miquel Barceló calle abajo como todos mientras seguía aún oyendo el eco de esa voz perdida por las alturas: “es el tío con los cojones más grandes de este país”; y ahora sí quedó bien claro que el reproche provenía de un niño pero no de los del parque, sino de ese otro al que creí no haber puesto la zancadilla y cuyo progenitor, aún de la mano, lamentaba con denuedo -le daba incluso explicaciones, me pareció- el no tenerlos ni remotamente tan grandes. Quizás, pensé, el infeliz creyese que de tenerlos como los de Barceló, según le exigía su hijo, no volarían sus almas hacia lo alto como verdaderamente volaban -se adentraban ya, de hecho, en el coro de los ángeles-. Es igual, poco me importaba y me alcé algo más con ánimo de cerciorarme de que esa bestia hundida entre la manada era realmente Barceló, y efectivamente lo era. La imagen me pareció absurda, pero sin duda real, y aún me llegó desde lo alto un último eco que sonó a misa de réquiem: angelitos al cielo.

Había quedado aturdido. ¿Dónde estaba mi odio ahora?, ¿qué sentido tenía cargarse a unos o a otros si era tan fácil como encender un fuego con dos ramillas o como que una manada de búfalos, con Barceló al frente, destrozase las calles de Madrid y luego las de Valencia y con algo de suerte incluso las de Sevilla o Barcelona? ¿Qué sentido tenía todo ello? Ninguno, o en todo caso poco, y como un brusco oleaje el odio pareció disolverse entre tanta absurdidad para al momento agigantarse y luego aminorarse y finalmente emerger con la fuerza necesaria para dejarme hecho polvo, agotado, a los pies de otra parroquia.

Reviento a golpes las puertas -me dije-, y bruscamente las abrí. No hubo nada de épico, sólo mecánica: empujé, se abrieron y se cerraron a mis espaldas. Esta vez fui directo al confesionario. Allí estaba el cuervo, con cara de pájaro tristón, supuse, muy posiblemente recordando sus concupiscencias de juventud. Cubierto por la cortina también se masturbaba. Me postré y le conté de mi ira y de mi odio. Condescendió pusilánime. Yo lo hubiese matado, me dije, yo si soy cura y escucho de boca de un miserable como yo tanto asco y tanta repugnancia lo hubiese matado ahí mismo, a los pies de esa celda en la que de rodillas permanecía prestando oídos a que si Barceló acudía a diario a confesarse o a tomar la comunión, que ambas cosas a menudo, que si Barceló y antes incluso Picasso habían vestido sotana en ocasiones y hasta se habían sentado donde él estaba ahora, en ese asqueroso banco, para alimentar sus pinturas; “o acaso sólo para distraerse”, respondí yo, “o acaso sólo para distraerse, así es”, me confirmó, como también que incluso él mismo había realizado sus pinitos en el campo de la abstracción, y entonces se agachó con el propósito de tomar del suelo uno de sus lienzos o hacer qué sé yo qué, supuse, pero de nuevo el odio me invadió con tantísima fuerza que de un manotazo retiré la cortina y salí despavorido hacia la calle, salpicada de los excrementos que la manada en su estampida había ido expulsando, excrementos y chorros de pintura, nada más, excrementos de niños, padres y bestias, nada más; nada más y nada menos.


La imagen de portada es Innervation, obra de Jean Dubuffet, 1959


El texto «Estampida», de Guillermo Aguirre Martínez, fue publicado previamente en la revista malagueña Gibralfaro, en la siguiente dirección: http://www.gibralfaro.uma.es/narbreve/pag_2114.htm Lo reproducimos con permiso del autor y de la dirección de la revista.

Jean Dubuffet – Homme et mur, 1945

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About The Author

Guillermo Aguirre Martínez

Como investigador mi campo de estudios ha ido ampliándose desde el ámbito de la literatura hasta el de la estética comparada, encontrando como nexo común entre ambas ramas la comprensión del universo simbólico del que participa toda concreción estética así como la significación de los hechos culturales en el horizonte de los hechos naturales. Estas búsquedas me han llevado, de modo consecuente, a resituar mi lugar como investigador dentro de los márgenes más libres, más abruptos también, de la filosofía de la cultura, vórtice absorbente al que se ve abocada toda representación de lo real.

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