En la Edad Moderna, junto a los méritos y servicios políticos, militares, administrativos, financieros o de tipo de venal, el capital relacional fue otra de las principales palancas de ascenso que impulsó hasta lo más alto del estamento nobiliario. Un caso paradigmático es el del almeriense Tomás Marín de Poveda, quien, a comienzos del siglo XVIII, con una modesta trayectoria de servicio al rey desarrollada en América, logró titular marqués de Cañada Hermosa de San Bartolomé gracias al poder e influencia de su hermano, el capellán de honor Bartolomé Martín de Poveda.

No obstante, el ascenso de Tomás Marín de Poveda debe contextualizarse en la fulgurante promoción de una saga familiar almeriense, la de los Marín de Poveda, que en cuestión de décadas alcanzaron el escalón más codiciado de la distinción social. El origen de esta familia se remonta a las últimas décadas del siglo XVI, cuando se instalaron en el Reino de Granada, en el contexto de la repoblación filipina que tuvo lugar a comienzos de los años setenta. La línea paterna lo hizo en Tíjola, procedente de Jorquera (Albacete), mientras que la materna se asentó en Lúcar, procedente de Alanje (Badajoz). Los ascendientes por ambas ramas, supieron aprovechar las oportunidades de ascenso que brindó esta coyuntura, por lo que cuando llegaron a Tíjola y Lúcar, respectivamente, lograron reconocerse como hidalgos de sangre, haciendo constar que habían ejercido en sus lugares de origen, por el estado de los hijosdalgos, los puestos de alguaciles mayores, alcaldes mayores, regidores y alcaldes de la Santa Hermandad. Reconocida su nobleza, la promoción social sería más fácil.

Figura clave en el ascenso familiar fue Bartolomé González de Poveda, tío materno de Bartolomé y Tomás Marín de Poveda, quien encumbró al linaje desde su posición como arzobispo de Charcas y presidente de la Audiencia de la Plata. Junto a él marcharon a América, en torno a 1670, sus sobrinos Tomás, Bartolomé, Antonio y Andrés, de los cuales acabarían siendo los más favorecidos los dos primeros. Por lo que respecta a Tomás Marín de Poveda, sabemos que llegó a Chile junto al gobernador Juan Enríquez, donde parece que fue subalterno del maestre de campo Jerónimo de Quiroga. Instalado en tierras americanas, desempeñó diversos puestos militares como soldado, alférez, capitán de infantería, de caballos, luego Comisario General de Caballería, Gobernador del Tercio de Arauco y Teniente General de la Caballería, grado este último no asimilable al de teniente general de la caballería en España o Flandes, pues se trataba de un grado de oficial que debió ser inferior al rango de maestre de campo, y que, amén de su carácter honorífico, hubo de consistir, todo lo más, en ayudante de alguno de los mandos de las tropas de caballería de aquel reino. Junto a estos puestos ejerció, durante dos años, como corregidor de Chayanta y alcalde mayor de las minas de dicha provincia.

El siguiente paso en la carrera del futuro titulado fue adquirir en 1683, en régimen de futura, la Capitanía General de Chile y la Presidencia de su Audiencia por la considerable suma de 44.000 pesos, cargo que desempeñó a partir de 1692 por espacio de ocho años. Entre 1683 y 1690, Tomás Marín de Poveda permaneció en España a la espera de poder entrar a ejercer el puesto, intervalo de tiempo que le sirvió para obtener un hábito de caballero de Santiago en 1687, y el nombramiento de consejero del Consejo de Guerra, probablemente por compra, para ejercer con mayor rango y distinción el cargo de Capitán General de Chile. Este puesto de consejero hubo de ser forzosamente honorífico, ya que nunca llegó a formar parte del mencionado Consejo de Guerra.

En septiembre de 1690 regresó a América, y en 1693, unos meses después de tomar posesión como gobernador de Chile, casó ventajosamente en Concepción (Chile) con Juana de Urdanegui y Luján, hija del marqués de Villafuerte, Juan de Urdanegui, un vizcaíno, comerciante en Lima, que llegó a ser prior del consulado del comercio de este lugar y que se tituló en 1682 gracias a un servicio pecuniario de 22.000 ducados. A la riqueza personal y al poder que disfrutaba como Capitán General, añadió su alianza con la elite limeña titulada.

Mientras Tomás Marín de Poveda se aplicó a la vida militar, su hermano, Bartolomé Marín de Poveda, lo hizo a la carrera eclesiástica a semejanza de su tío, el arzobispo de Charcas, quien favoreció la trayectoria del sobrino aupándolo a diversos puestos, entre los que destaca el de cura rector de la iglesia mayor de Potosí que obtuvo en 1678 de forma fraudulenta. A comienzos de la década de los años noventa, fallecido ya su tío, Bartolomé regresó a España, donde inició otra particular carrera que, sustentada en las inmensas riquezas que había traído de las Indias, le llevó a convertirse en capellán de honor de la Capilla Real en 1695, y a desarrollar una intensa actividad como prestamista e intermediario en las “pretensiones” de los naturales de Indias en Madrid, actividades que le rentaron cuantiosos beneficios económicos.

En calidad de capellán de honor del rey, Bartolomé Marín de Poveda acompañó a Felipe V en 1702, durante la jornada real a Italia. En este viaje, Bartolomé entró en contacto, entre otros, con el confesor real Guillermo Daubenton, quien poseía un poder extraordinario gracias a la relación privilegiada que guardaba con el soberano. El vínculo que se forjó entre ambos llegó a ser tan importante, que incluso Bartolomé Marín nombró a Daubenton como uno de sus albaceas en un testamento cerrado que hizo en Milán.

A nuestro juicio, tan estrecha relación y la intercesión del confesor real explicarían que Bartolomé Marín de Poveda obtuviera del rey un título de Castilla por decreto de 25 de agosto de 1702, para su hermano, Tomás Marín de Poveda, quien falleció a los meses de recibir la merced, en octubre de 1703. De hecho, no resulta extraño que Daubenton mediara en la consecución de esta merced, pues no era la primera vez que intervenía en asuntos relacionados con estos honores. El protagonismo del capellán de honor en la obtención del título nobiliario de marqués de Cañada Hermosa de San Bartolomé no se hizo constar en ninguno de los documentos relativos a la creación del mismo, pues tanto en el decreto de creación como en el despacho de nombramiento, que fue expedido en 1711 en cabeza de José Valentín Marín de Poveda y Urdanegui, hijo primogénito de Tomás Marín de Poveda, se indicó únicamente que “en atención a la calidad, méritos y servicios” de Tomás Marín de Poveda se le había concedido el título nobiliario.

Autora: María del Mar Felices de la Fuente

Bibliografía

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