Podemos encontrar dos grandes grupos en el seno de la comunidad judeoconversa andaluza de fines del siglo XV y comienzos del XVI. Por un lado, un sector minoritario pero muy poderoso, que se convirtió por lo general en tiempos primitivos, concretamente entre el pogrom de 1391 y las primeras décadas del siglo XV. Este colectivo se integró muy pronto en la sociedad cristiana, alcanzando altas cotas de poder, así local como nacional. Enlazando con los principales linajes del patriciado urbano e incluso con la nobleza castellana, y manifestando una temprana asimilación a los parámetros culturales de la sociedad dominante. Sin embargo, en bastantes casos estas familias seguían practicando el judaísmo de manera encubierta, o bien conservaban aún muchas de sus costumbres ancestrales, las cuales podían ser vistas como heréticas a los ojos inquisitivos de sus vecinos.

Como ha sucedido en tantas otras ocasiones en la historia, el racismo se mezcla con el clasismo, y así en la Andalucía de esta época el antisemitismo popular comenzó paulatinamente a desplazarse de los judíos a los conversos. Dicho de otro modo, los pocos hebreos que aún permanecían en el territorio no fueron por lo general molestados por las iras populares, las cuales se dirigieron hacia los cristianos nuevos, acusados con pruebas o sin ellas de ser todos ellos herejes. En el fondo de la cuestión lo que subyacía era la envidia hacia la prosperidad de estos neófitos y sus descendientes.

El cronista Alonso de Palencia decía de estos advenedizos que estaban “extraordinariamente enriquecidos por raras artes, y luego ensoberbecidos y aspirando con insolente arrogancia a disponer de los cargos públicos, después que por dinero y fuera de toda regla habían logrado la orden de caballería hombres de baja extracción, acostumbrados a los más viles menesteres, lanzándose a suscitar revueltas y bandos los que antes jamás se atrevían al más insignificante movimiento de libertad”.

Afimarción que confirma mosén Diego de Valera para el caso cordobés: “Entre ellos había grandes enemistades y grande envidia como los cristianos nuevos de aquella ciudad estuviesen muy ricos, y les viesen de continuo comprar oficios, de los cuales usaban soberbiosamente, de tal manera que los cristianos viejos no la podían comportar”.

Tal envidia que provocó uno de los más terribles saqueos de toda la España del siglo XV, el Incidente de la Cruz del Rastro, en el que por un nimio motivo las turbas se lanzaron a incendiar, a matar, violar y saquear a los conversos cordobeses. Con tal intensidad, que durante generaciones se habló de ese momento como el Año del Robo.

La llegada de la Inquisición, instaurada en 1478 y puesta en marcha dos años después, barrió a los muchos judeoconversos que se habían instalado a lo largo del siglo XV en el ayuntamiento de Córdoba. Entre ellos se habían multiplicado los escribanos, los jurados e incluso los caballeros veinticuatro, el principal cargo local del poder, equivalente a los regidores de otras ciudades de Castilla. Entre 1480 y los primeros años del Quinientos, el sanguinario tribunal de la fe barrió a decenas de familias que antes se asomaban orgullosas al ayuntamiento. Baeza, Herrera, Ahumada… son algunos de los apellidos de los que fueron exterminados. Literalmente hablando, ya que el aún mal conocido auto de fe de 1504, llamado de los Ciento Siete por los hombres y mujeres que ardieron en la hoguera, los barrió del mapa, dejando un cabildo municipal compuesto únicamente por nobles familias de antiguo abolengo.

El otro grupo del que hablábamos al comienzo es mucho más numeroso pero su relevancia social fue infinitamente más modesta. Se trata de miles de familias que se fueron convirtiendo a lo largo de la centuria casi exacta que media entre las fechas icónicas de 1391 y 1492, esta última el muy conocido año de la expulsión de los judíos de los reinos de España. Su perfil social es más bajo, encontrando entre las filas de estos judeoconversos muchísimos artesanos de todo tipo y nivel económico, bastantes comerciantes, algunos oficios públicos de rango menor (escribanos, procuradores…) y, como era de esperar, muy pocos labradores y hortelanos.

Y acompasado con lo anterior, su nivel de asimilación religiosa era igualmente discutible, abundando los cristianos sinceros, pero también los judaizantes, quedando en medio de ambos grupos un amplio espectro que se movía entre la incredulidad, una religión mixta, la confusión y el paulatino abandono del judaísmo pero sin llegar aún a la conversión sincera.

Dentro de este bloque, algunas familias poco a poco se fueron distanciando económica y socialmente gracias al éxito en los negocios, a los grandes ingresos que otorgaba la profesión médica, a la dedicación burocrática (escribanos, abogados…), y sobre todo a las ganancias generadas por el arrendamiento de rentas y el siempre rentable comercio. Esta nueva oleada, instalada en la mesocracia local, empezó igualmente a pretender mayores cuotas de poder dentro del sistema político del que a fin de cuentas formaban parte.

Así pues, parece una teoría bastante probable, aunque aún quedan por realizar multitud de estudios que lo confirmen, que las ventas de oficios públicos emprendidas por la Corona a partir de 1543 sirvieron para que ambos grupos, acaso ahora fundidos en un todo, pudiesen asaltar las instituciones locales, volviendo o entrando por vez primera a ostentar los cargos de poder municipal, entre otros.

La salida al mercado de miles de oficios para el ámbito de toda la Corona de Castilla fue una medida obligada por la ruina económica de la Monarquía, empeñada en mil y una guerras exteriores en un imperio planetario que tenía muchos más enemigos que fuentes de financiación. Esta política enajenatoria afectó a infinidad de empleos de regidor, alférez mayor, alguacil mayor, jurado, escribano público, procurador del número, … Y en los primeros, como es bien conocido, recaía el gobierno de las grandes villas y ciudades que articulaban el territorio.

La salida de uno de estos puestos al mercado significaba que quien pudiera pagar su precio ingresaba inmediatamente al cabildo municipal de su localidad, compartiendo a partir de ese preciso instante el gobierno local con las familias más linajudas, cuyo abolengo nobiliario se rastreaba hasta varios siglos atrás. Los problemas que se generaron fueron enormes, claro está, por las resistencias de las viejas familias a aceptar en su entorno a los que poco antes eran parte de una minoría rechazada por su origen étnico. De ahí se derivaría la polémica por la instauración de los discriminatorios estatutos de limpieza de sangre, pero esa es otra historia.

Lo que conviene dejar claro aquí y ahora es que la venta de oficios fue la herramienta clave para la definitiva asimilación del sector mas rico y ambicioso de los judeoconversos españoles.

No olvidemos que los padres, tíos, hermanos y sobrinos de algunos de los cristianos nuevos más conocidos de la historia de España, como Santa Teresa de Jesús o fray Luis de León, fueron precisamente regidores de grandes urbes como Granada o Ávila, por poner tan sólo unos ejemplos. Casos notorios pero en absoluto aislados, ya que en realidad fueron la norma. Gracias a la cual se acabó disolviendo el grupo confeso, dando paso a una larga serie de familias nobles, mezcladas completamente a través de los casamientos con las de anciana genealogía. Es el poder del dinero, que todo lo vence.

Autor: Enrique Soria Mesa

Bibliografía

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QUEVEDO SÁNCHEZ, Francisco I., “Nobles judeoconversos: los oscuros orígenes del linaje Córdoba-Ronquillo”, Sefarad, 76-2, 2016, pp. 363-396;

SORIA MESA, Enrique, La venta de señoríos en el reino de Granada bajo los Austrias, Granada, 1995; El cambio inmóvil. Transformaciones y permanencias en una elite de poder (Córdoba, siglos XVI-XIX), Córdoba, 2000.

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2020-02-16T19:08:34+00:00

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