La producción y comercialización de seda fueron unas de las actividades económicas cardinales de Andalucía desde la Edad Media. No obstante, no podemos tratar el territorio andaluz como un conjunto homogéneo o indiferenciado, dadas las notorias particularidades existentes entre el Reino de Granada respecto al resto del actual territorio andaluz en lo referente a la seda. Dichas peculiaridades se podrían resumir en dos: el distinto peso de la fiscalidad y el control estatal sobre la producción y la falta de vertebración de la producción y comercialización de la seda andaluza, entrando las distintas áreas en competencia. Pese a ello, se produjo traspaso de influencias entre los distintos reinos.

Los grandes centros de la industria sedera coincidirán con las capitales de los respectivos reinos andaluces, a saber, Granada, principal centro productor, Córdoba, Sevilla y, en menor medida, Jaén. Sin embargo, frente a la continuidad de la tradición artesanal islámica en Granada, las ciudades de la Baja Andalucía no mostraron ese influjo, perdido tras la conquista castellana, y desarrollaron su actividad siguiendo técnicas importadas por los valencianos desde Génova (la conocida como marca ginovesa), a la sombra de la conquista del Reino de Granada, el comercio con Europa y, posteriormente, el comercio indiano. Otra diferencia con respecto al foco granadino fue la baja calidad de la seda producida, la cual se usó en la fabricación de género menor. Esto supuso la dependencia de estos centros de las remesas de seda enviadas tanto desde el Reino de Granada, como de Murcia y Valencia.

Dentro de cada reino aparecieron otros centros productores de menor entidad, pero que, en algún caso, florecieron, al tiempo que los centros principales declinaban, y recogían a la población morisca expulsada de Granada tras la revuelta de 1568. En el Reino de Córdoba, el caso más notorio es Priego, que despegará en el siglo XVII con la confección de tafetanes simples, convirtiéndose así en rival no sólo de la capital, sino también de Sevilla y Granada. Casos similares fueron Écija en el Reino de Sevilla y Alcalá la Real en el de Jaén. Otros centros menores fueron Archidona, Antequera, Jerez, Puerto Real, Úbeda, Baeza y Málaga.  Almería, tan transcendental en la Edad Media, mantenía apenas algunos hiladores y torcedores.

La evolución de los centros productores andaluces está marcada por una primera fase de máximo esplendor, seguida por otras donde se alternan la decadencia y períodos de moderada recuperación. Así, el mayor auge y crecimiento se produjo durante el siglo XVI, al tiempo de la bonanza económica y la venta de su producción tanto en otras partes de la Corona, en los territorios indianos y en Europa. Fue a partir del último tercio de esa centuria cuando la industria sedera inició un proceso de declive debido a la competencia de géneros importados de Europa, de las Indias portuguesas o de China, que le fueron arrebatando mercados en Castilla y América. Además, los cambios tecnológicos de la industria foránea, que abarataban costes de producción, y en las modas, que introdujeron el gusto por productos más ligeros, vinieron a sustituir a la producción andaluza, incapaz de transformarse a causa de la parálisis y la inopia del sistema gremial, que tardó demasiado tiempo en asimilar. A ello se les unieron una serie de factores que provocaron los sucesivos rebrotes de crisis que culminaron en los años ochenta del siglo XVII: las leyes contra el lujo de los monarcas, el permiso de entrada de sedas extranjeras, las sucesivas devaluaciones de moneda o las expulsiones de los moriscos, junto a los brotes epidémicos de las ciudades productoras, que produjeron una reducción de la producción y de la demanda, u obstaculizó el trasvase de materias primas o mercancías.

Esta situación de crisis generalizada, atribuida a la mala calidad de las manufacturas, dio lugar a la promulgación de las Ordenanzas Generales de los Tejidos de Seda de 1684, contando con la colaboración y asesoramiento de fabricantes y artesanos de Sevilla, Granada y Toledo. Se crearon al mismo tiempo Juntas particulares de Comercio provinciales, cuya labor fue controlar que las labores manufactureras se ajustaran a los cánones establecidos en dichas ordenanzas. Sin embargo, la reactivación casi brillo por su ausencia debido a la rigidez y lo inapropiado de estas, basadas en la fabricación de tejidos pesados contrarios a los gustos del mercado, unido a la reticencia del sector sedero a introducir innovaciones y el impacto comercial de la Guerra de Sucesión. Tras la guerra hubo una cierta recuperación y estabilidad al normalizarse el tráfico con las Indias; la aceptación tardía y parsimoniosa del método Vaucanson; el fomento por las Juntas de la aparición de reales fábricas, aunque con efímero éxito; la labor de las diferentes Sociedades Económicas de Amigos de País que impulsaron el cultivo de morales y moreras, la cría de seda y el patrocinio de escuelas de artesanos; y, por último, la aparición del Consulado de Málaga y la iniciativa privada.

La producción de seda estaba caracterizada por una serie de procesos que ocupaban total o parcialmente a un número significativo de la población andaluza, particularmente en el Reino de Granada. Estos procesos eran la elaboración de la materia prima con el cultivo de morales y moreras; la crianza de la simiente; la hilatura y torcido de la seda de los capullos para producir madejas de seda en rama; el tintado de las madejas o tejidos; la elaboración de los tejidos y fabricación de prendas; y, finalmente, la comercialización, ya de seda en bruto, ya tejida.

Las certezas sobre el cultivo de morales y moreras en el territorio andaluz son, hoy por hoy, bastante endebles, aunque conocemos con seguridad las áreas predominantemente productoras. Así, en el reino de Granada, el plantío estaba desperdigado y su propiedad, heredera de la tradición nazarí y mantenida en los repartimientos posteriores, era minifundista, sobresaliendo en la Penibética, en particular en las Alpujarras y en las hoyas, vegas y llanuras litorales. En estas zonas era predominante el moral, que terminó siendo desplazado paulatinamente por la morera en las zonas más bajas y de clima más benigno. Y no con poca resistencia, debido a la supuesta peor calidad de la seda que se producía con gusanos alimentados con sus hojas. Otras zonas de menor importancia las encontramos a lo largo de las Sierras Subbéticas y sus aledaños, en la campiña cordobesa y en el Obispado de Jaén.

En cuanto la cría, que podría incluir también la recogida de hoja de moral o morera, se han determinado tres modelos principales de carácter familiar y doméstico, con una producción entre 1 y 3 libras de seda de media y un alto trabajo femenino (frente a la recogida de hoja de carácter masculino): medianería, asalariados y por cuenta propia. La escasez de simiente fue un fenómeno que se dio en exclusiva en el reino de Granada como consecuencia de las destrucciones, saqueos y abandono que se produjeron durante la Guerra de los Moriscos. Dicha carestía se mantuvo constante hasta bien entrado el siglo XVII y fueron los arrendadores, como parte de sus condiciones de arriendo los encargados de adquirir y después vender a los criadores dicha simiente. Esta se consiguió en Calabria, Sicilia, Valencia, Priego o Huelma.

El sector manufacturero se componía de hiladores, torcedores, tintoreros, tejedores y fabricantes de prendas. Los datos referentes al número de individuos dedicados a estos menesteres para los siglos XVI y XVII son endebles, cuando no fantásticos, debido a aparecer en memoriales tardíos que hablaban más bien de una especie de Arcadia sedera en el siglo XVI. Más fiables y continuos son los datos para el siglo XVIII, gracias a los informes de los intendentes provinciales y a los censos y catastros realizados durante el período, lo que permite secuenciar los altibajos del sector más detalladamente. Frente a ello, se conocen mejor las ordenanzas de los sederos y el momento de su aparición, tanto las de los centros principales como los secundarios. Las ordenanzas granadinas irradiaron un mayor influjo, ya que fueron la base de las que se redactaron en Córdoba, Priego e incluso Nueva España. Por el contrario, las de Écija se fundamentaban en las toledanas. El sector estaba rigurosamente controlado por mayorales y veedores, figuras, poco estudiadas aún, creadas por los respectivos gremios para examinar la calidad y el buen hacer de los talleres y artesanos. En el caso de los hiladores dicho control también se efectuaba por el arrendador de la renta de la seda o sus oficiales.

El trabajo del tejido se realizaba en pequeños talleres, donde un maestro artesano, dueño de uno o varios telares (difícilmente superior a cinco), realizaban los encargos de un mercader que le proporcionaba la materia prima y, a veces, le alquilaba los telares. Este sistema de verlagsystem se mantuvo durante toda la Edad Moderna, pudiendo ser sustituido o convivir con la aparición de las reales fábricas en el siglo XVIII.

Las capitales de los reinos andaluces, a través de sus alcaicerías y aduanas, fueron lugares centrales del comercio local e interregional. En el caso de Granada y Sevilla se convirtieron en centros del mercado sedero internacional. Granada mantuvo las exportaciones de seda en rama o tejida hacia otros reinos peninsulares y  a Italia, Norte de África y América, en este caso, vía Sevilla, aunque tras la rebelión morisca y hasta 1592 obtuvo la concesión del monopolio de la venta de seda a las Indias. Junto a ella, Sevilla se convirtió en motor de la producción sedera, no sólo andaluza sino también de otras partes de Castilla y Aragón, al ser el puerto desde donde se mandaba el producto al continente americano. Esta posición como centro de partida de la seda fue heredada por Cádiz en el siglo XVIII. Aunque desconocemos su número, los comerciantes que traficaban con este género procedían principalmente de los propios reinos andaluces, algunos de origen morisco, seguidos en importancia por los toledanos y los italianos, en especial los genoveses. Se conoce para Córdoba la existencia tres tipos de mercaderes: mercaderes de escritorio, encargados de contratar la seda en rama que posteriormente hacían torcer; mercaderes compraban a aquellos la seda ya torcida y la redistribuían entre los tejedores; y, por último, los tejidos de seda pasaban a los mercaderes de vara, quienes las vendían al por menor. No sabemos si dicha tipología puede extrapolarse a los otros reinos. También, está evidenciada la formación de compañías de comerciantes para la adquisición y la distribución y venta del producto, en algunos casos de distinta procedencia.

Todas las etapas de la producción de la seda, desde la producción de hoja de los morales y moreras hasta su venta final tejida, se vieron de una manera u otra gravadas por una diversidad de derechos e imposiciones de carácter estatal, municipal, señorial y eclesiástico. En los reinos de la Baja Andalucía se pagaban alcabalas y almojarifazgos, además de algún que otro arbitrio municipal y, en Sevilla, además, el Almojarifazgo de Indias. El reino granadino tributó la llamada renta de la seda del Reino de Granada, cobrada como partida separada mediante arrendamiento desde 1495. Esta recogía los antiguos gravámenes nazaríes y los introducidos por los castellanos. Estos serían: diezmo de la venta de la seda en madeja y tartil; diezmo y medio de lo morisco de la seda en madeja (y después también torcida y tejida), si se enviaba a Castilla; alcabala de la que se vendiera dentro del reino; almojarifazgo o derecho de puertos de aquella que se exportara por mar, menos a Castilla; y derecho de lía y marchamo. Aparte de los derechos propios de la renta, se cobraban otros derechos, ya fueran de los oficiales que participaban en el proceso, ya fueran sobre la producción primaria de hojas y capullos. Estos últimos acabarían convirtiéndose en derechos decimales de la Iglesia.

La complejidad de la recaudación de la alcabala y los impuestos sobre la exportación y los constantes pleitos y desavenencias en su cobro, llevó al arrendador Juan de la Torre a concertar privadamente con buena parte mercaderes una cantidad fija de 90 mrs. por libra desde 1524, que se institucionalizó a partir del arrendamiento de 1547. Desde entonces no parece que hubiera cambios señalados en la renta de la seda, aunque desde mediados del siglo XVII la ciudad de Granada cobró un arbitrio extraordinario para sufragar gastos militares. El peso abrumador de las cargas sobre la seda granadina llegó a 22 reales por libra en 1686. Esto llevó a establecer el encabezamiento de la renta de la sed ese mismo año, aunque manteniendo el sistema de arrendamiento. Finalmente la desaparición de la renta de la seda se produjo en 1801.

Autor: Félix García Gámez

Bibliografía

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GARCÍA GÁMEZ, Félix, “La seda en Andalucía durante la Edad Moderna. Balance y perspectivas de estudio”, en FRANCH BENAVENT, Ricardo y NAVARRO ESPINACH, Germán (eds.), Las rutas de la seda en la Historia de España y Portugal, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2017.

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