La personalidad de Francisco Antonio Ruiz Gijón, o Francisco Antonio Gijón, como es nombrado por la mayor parte de la bibliografía por ser la forma con la que prefirió firmar, debe su fama a una sola obra, el Cristo de la Expiración de Triana, el popular “Cachorro”, cenit de la escultura barroca española. Nacido en Utrera (Sevilla), fue bautizado en la parroquia de Santa María de la Mesa el 13 de septiembre de 1653. Fue el cuarto hijo del matrimonio formado por el maestro de escuela Lucas Ruiz Gijón y María de las Nieves. En 1660, la familia se trasladó a Sevilla. Con 15 años, en 1668, ingresó como alumno en la Academia de Pintura y Dibujo promovida por Bartolomé Esteban Murillo en la Casa Lonja. Allí recibió enseñanzas de dibujo escultórico por parte de Pedro Roldán, el más importante escultor de la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVII.

No ha podido documentarse la afirmación de Juan Agustín Ceán Bermúdez de que Gijón se formó junto al escultor Alonso Martínez, muerto en 1668. Sí hay constancia de que, el 3 de julio de 1669, entró como aprendiz en el taller del escultor Andrés Cansino. La relación duró poco, ya que Cansino falleció en octubre de 1670. Gijón no solo se hizo cargo del taller, terminando las obras inacabadas, sino que apenas dos meses después de la muerte del maestro, el 27 de diciembre, se casó con su viuda, Teresa de León. Sin que se sepan las razones de tan rápido enlace, los investigadores han manifestado su desconcierto ante el hecho de que Gijón tuviera 17 años y su esposa casi le doblara la edad, además de ser madre de tres hijos. De este matrimonio nacieron otros tres hijos: Josefa Teresa (1671), que moriría prematuramente, Juan Gregorio (1674) y María Florentina (1676). Poco después del fallecimiento de su esposa, Gijón se casó con Isabel de la Ascensión, a quien otorgó carta dotal el 24 de junio de 1677. Este matrimonio dio tres nuevas hijas al escultor: Margarita Rosa (1678), Juana Bernarda (1685) e Isabel María (1689).

Gijón volvió a relacionarse con la Academia de Pintura y Dibujo de la Casa Lonja, ocupando el cargo de mayordomo entre 1672 y 1674. Poco antes, el 5 de junio de 1671, contrató su primera obra conocida, el Jesús Nazareno de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción en Alcalá del Río (Sevilla).

El estilo de Gijón ha sido considerado una síntesis de las formas barrocas plenas de Pedro Roldán y las tendencias monumentales y dinámicas del barroco romano y flamenco que Andrés Cansino heredó de su maestro José de Arce.

Su producción es íntegramente religiosa, incluyendo la Tarasca del Corpus (1698), una gigantesca hidra de siete cabezas que simbolizaba los pecados capitales huyendo del Santísimo Sacramento. Su material predilecto fue la madera policromada, aunque también utilizó la pasta y las telas encoladas, como en las esculturas del monumento de Semana Santa de la catedral de Sevilla (1688-1689), cuyo programa iconográfico se conserva parcialmente.

En su producción cristífera hay que mencionar los Nazarenos de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción en Alcalá del Río (Sevilla) (1671-1672), que ha llegado a nuestros días muy transformado; y el de la ermita de San Sebastián en Mairena del Alcor (Sevilla) (1674), que fue en origen una escultura de talla completa concebida para llevar la cruz al revés. En 1673, contrató un Crucificado con un vecino de Arahal (Sevilla), que no ha sido localizado; y, en 1677, talló el Cristo de los Vaqueros de la ermita de la Virgen de Escardiel en Castilblanco de los Arroyos (Sevilla). Pero la obra por excelencia de Francisco Antonio Gijón es el Cristo de la Expiración de la basílica del mismo título en el barrio sevillano de Triana. Fue contratado el 1 de abril de 1682 por la recién fundada cofradía de la Expiración de Cristo y Virgen de la Paz, sita en la ermita de Nuestra Señora del Patrocinio. El escultor se obligó a tallar una imagen de Jesús expirante en madera de cedro de dos varas y cuarta de alto, con su cruz de pino de Flandes, y entregarla en el plazo extremadamente corto de finales del mes de mayo inmediato. El precio estipulado fue de 900 reales. Se desconoce el momento de la entrega, la documentación conservada en la hermandad solo indica que el costo total del Cristo fue de 1.100 reales. La imagen mide 1,89 m y ha sufrido varias intervenciones a lo largo del tiempo, destacando la que la dotó de ojos de cristal en el siglo XIX y la que tuvieron que acometer los hermanos Cruz Solís entre junio y septiembre de 1973 para reparar los daños causados por un incendio fortuito sucedido el 26 de febrero de aquel año. La cruz actual es de José María Leal (2002) y el titulus, de Agustín Sánchez-Cid (1940). El sobrenombre de “Cachorro” se explica, según la leyenda, por ser el apodo de un gitano que murió apuñalado y cuya agonía sirvió de inspiración al artista.

Entre sus imágenes marianas cabe señalar una Inmaculada (1677) para el convento de San José de mercedarios descalzos, en paradero desconocido, y la Divina Pastora de Santa Marina (1704), hoy en la capilla del antiguo hospital de San Bernardo. Dentro de la iconografía hagiográfica citar la Santa Ana y la Virgen Niña (hacia 1675-1678), en la parroquia de la Magdalena; el San Juan de la Cruz (1675), en The National Gallery of Art en Washington (Estados Unidos); el San Antonio Abad (1676), en la iglesia de San Antonio Abad; el San José con el Niño (1678), en la parroquia de San Nicolás; y la Santa Ana y la Virgen Niña (1678) y el San Ambrosio (hacia 1703), ambos en la colegiata de Santa María de las Nieves de Olivares (Sevilla). Mención especial merece el Cirineo (1687) de la cofradía de las Tres Caídas de la parroquia de San Isidoro, estimado como la mejor imagen secundaria de la Semana Santa sevillana.

No se conoce ningún retablo levantado por Francisco Antonio Gijón, pero sí hay documentados nueve pasos procesionales. De ellos sólo se conservan dos: el del Cristo del Amor (1694) de la iglesia del Salvador, muy modificado; y el del Señor del Gran Poder (1688-1692), cuyo canasto es un brillante ejemplo del pleno barroco que ha servido de modelo para numerosos pasos contemporáneos. La rotunda carnosidad de su talla remite a los retablos que en aquellos años levantaba en Sevilla Bernardo Simón de Pineda, y sus formas alabeadas no hacen más que reproducir la tensión y el movimiento alcanzados por la arquitectura romana del siglo XVII. Aunque no están documentados, se le atribuyen los excepcionales Evangelistas del paso del Cristo de la Expiración de la hermandad del Museo, datándose hacia 1696-1700.

Gijón, encontrándose enfermo, otorgó testamento el 10 de noviembre de 1693. A partir de esa fecha apenas se le conocen obras, por lo que se infiere que la enfermedad debió mermar sus facultades. La última noticia que se tiene de él es la del arrendamiento de una casa en 1705. La fecha de su entierro en la parroquia de Santa Marina, 1720, procede de documentación conservada en la Biblioteca de la Real Sociedad Sevillana de Amigos del País referida a un inexistente Bernardo Gijón que, con las cautelas necesarias, se identifica con Francisco Antonio Gijón.

Autor: Francisco S. Ros González

Bibliografía

BERNALES BALLESTEROS, Jorge, Francisco Antonio Gijón, Sevilla, 1982.

HERNÁNDEZ DÍAZ, José, Notas para un estudio biográfico-crítico del escultor Francisco Antonio Gijón, Sevilla, 1930.

PAREJA LÓPEZ, Enrique (dir.), Francisco Antonio Ruiz Gijón, Sevilla, 2010.

RODA PEÑA, José, Francisco Antonio Ruiz Gijón, escultor utrerano, Utrera, 2003.